jueves, agosto 24

El sendero de los difuntos (tercera y última parte)

El eclipse se cerró por completo, dejando en lo alto del cielo negro, una corona de fuego roja; visible pero intrascendente, dado que su luz sólo alcanzaba para alumbrar su propia existencia. La oscuridad se plantó de lleno en el ámbito del cementerio; cubriendo de irrealidad todo lo que contenía. El tiempo se detuvo en una eternidad insondable. Colapsó la realidad en un instante aciago; fusionándose los hechos palpables con universos paralelos. Se abrió un abanico de posibilidades aleatorias, donde lo lógico y racional, poco tenían que ver con lo perceptible por los sentidos.

Miguel sintió entonces, una transformación en su ser. Se sintió ligero, volátil, inmaterial. Capaz de transitar los mil doscientos metros cuadrados de planicie irregular, con la sola fuerza de su pensamiento y en un parpadeo de tiempo. De hecho, lo intentó. Pero al hacerlo volvió a percibir la terrorífica realidad de la mano gélida que lo asía con firmeza. No la veía. Quemaba. ¿Era real? No podía establecer si la aprehensión era física o mental. ¿Acaso todo era una alucinación?

Miguel cerró los ojos para escapar de la confusión y sentirse más tranquilo. La oscuridad era la misma. Volvió a abrirlos. Los cerró nuevamente. Abrió y cerró sus párpados con el frenesí de la desesperación. No había diferencias. La oscuridad era tal que no diferenciaba si tenía los párpados abiertos o cerrados. Su crispación fue creciendo y cuando pequeñas lágrimas de desesperación intentaron asomarse por sus ojos, el frío ardor que mantenía atado su brazo, se desprendió. Comenzó a dar pasos timoratos.

Omnipresente por la oscuridad, se sintió en todas partes. Partió de todos lados y se dirigió a todos los lugares del cementerio. En el tránsito, tropezó muchas veces consigo mismo, sólo para darse cuenta que era uno y era todos. De pronto, la sensación de ligereza se interrumpió y lo difuso de su cuerpo se concentró nuevamente. Ya no era una mano la que lo cogía con furia, ¿eran dos?, ¿tres?, ¿cuatro?, ¿veinte? Eran más y cada vez más. Aparecían amedrentando su paso. Ansiosas de su corporeidad, lo sorprendían por cada parte de su cuerpo: sus hombros, su ombligo, sus piernas, sus pies, su pelvis, su rostro, su voz. Miguel saboreaba en cada tacto, la necesidad viciosa de aquellas ánimas, necesidad de ser parte de él y recuperar un pedazo ínfimo de vida, aun sabiendo que el pellejo que rasgaban era distinto al que alguna vez los cubrió en vida.

Tiritando de frío, similar al que experimentan los moribundos antes de morir, se detuvo por fin frente a la inmensa oscuridad. ¿Había avanzado siquiera? Sí. Era una oscuridad distinta. En aquella oscuridad se encontraba su padre enterrado. Inerte y consumido en polvo dentro de su tumba. Su corazón chapoteó ante la inminencia de la confrontación. Cerró los puños y anduvo otro paso a pesar de no saber si avanzaba o retrocedía. Otro más. Iba a dar un tercero cuando sus pupilas reaccionaron a una luz inerte, cegadora, la cual lo deslumbró al instante. Al recuperarse, Miguel se observó reflejado en una imagen espectral. Era él mismo a través de un espejo. Se miró desafiante, con los puños cerrados y el cuerpo desnudo. Su desnudez palpitaba como un nervio gigante, irritado de dolor. En todo su cuerpo se dibujaban múltiples escisiones al rojo vivo. Miguel se palpó imitando los movimientos de su reflejo. Descubrió que en efecto estaba desnudo y mal herido. Descubrió también que las heridas dolían al ser tocadas y se volvían imperceptibles al sacar sus dedos de las llagas. Por último, intentó cerrar los ojos nuevamente y así escapar de esta pesadilla. Su reflejo también los cerró. Se observaron por debajo de los párpados tristes y asustados. Miguel enloqueció.

«Te odio» -se escuchó en el vacío.
«Te odio» -repitió aquella voz, en forma de susurro.
«¿Papá?», se animó a preguntar Miguel, reprimiendo la incontinencia de emociones que lo cubría. «¿Eres…?»
«¡No!», le interrumpió, aquella voz pronunciada ahora sí con decisión, denotando su cadencia infantil, curiosa, exacta.
Miguel abrió sus ojos sorprendidos. Reconoció la voz al instante, aunque tardó algunos segundos en identificar a quien le pertenecía. Buscó en su memoria. La encontró. La certeza de saber de quien se trataba, obligó nuevamente a Miguel, buscar en su memoria por si se trataba de un error. Sin embargo, en pleno afán, Miguel oyó nuevamente la voz infantil susurrándole claramente a su oído «Me abandonaste Micky»

«Pepito» dijo Miguel, mientras las lágrimas escurrían desde sus ojos, su rostro, su cuello, su pecho, sus piernas, sus manos, sus rodillas, su espalda. El llanto se filtraba por cada una de las llagas de su cuerpo que ahora lloraban con él. «¿Qué haces aquí?», se animó a preguntarle, buscándolo con la mirada en la penumbra insondable. No hubo respuesta. El niño que había desaparecido cinco años atrás en una playa del litoral, no volvió a pronunciarse aquella noche. Dejó en su silencio, una estela de respiraciones agitadas y sucesivas que exasperó los nervios de Miguel al punto de explotar en una disculpa tardía. «No fue mi culpa», sostuvo en lo alto; no tanto por haber permitido aquella tarde que él entrase al mar sólo a sus seis años; sino por haber olvidado a su amigo, después de la sexta noche consecutiva en la que no lo encontraron.

Una cruz de madera con el nombre de José Villafuerte apareció ante los ojos de Miguel. La distinguió apenas se abrió una rendija de luz que escapaba del cielo. La luz que germinó desde lo alto poniendo fin al eclipse, deslumbró a Miguel cegándolo para siempre. Por último cayó de bruces inconsciente.
A la mañana siguiente, Miguel fue encontrado casi despedazado por las magulladuras en todo su cuerpo. Desnudo e inconsciente, siguió vagando entre sueños en el sendero de los difuntos. Un sendero infinito de sombras y redención.

FIN




viernes, agosto 18

El sendero de los difuntos (Segunda parte)

Una vez despierto, Miguel saboreó la sensación descorazonada de ver a su padre siendo digerido por pequeños bichos de ultratumba. Aquella vívida imagen lo acompañó las tres primeras horas del día, olvidando la trascendencia del mensaje recibido. Sin embargo, una vez repuesto, y con el transcurrir de la cotidianeidad del día, la imagen perdió su efecto terrorífico, y en cambio se hizo más palpable la voz de su padre llamándolo. A las nueve de la mañana, Miguel ya había decidido ir al cementerio en búsqueda de una respuesta que sabía de antemano no iba a encontrar. No obstante, pensó que al menos así sus ansias lo dejarían en paz.

Antes de salir, se dedicó las siguientes dos horas a trabajar cavando un silo en la parte trasera de su casa. Lo venía excavando durante la última semana, y aprovechó el esfuerzo físico para pastorear su impaciencia alborotada. A pesar de su esfuerzo, avanzó poco. Consciente de su improductividad, cogió un balde de agua y se mal bañó aventándose chorros de agua con la ayuda de una taza de plástico, sintiendo aún la frescura de una mañana sin sol.

A las dos de la tarde, a Miguel sólo le faltaban veinte minutos de recorrido. El camino al cementerio era pesado incluso sin calor, debido a la enorme cantidad de arena a recorrer siempre cuesta arriba. La inminencia de su llegada hizo vacilar la decisión de ir a ver la tumba de su padre, por lo que buscó una distracción mientras reunía el valor suficiente. Se internó entre los arbustos secos y las piedras puntiagudas, que adornaban los alrededores del sendero. Al caminar distraídamente por entre los matojos de hierbas secas, se percató de una pequeña lagartija que lo miró sin observarlo. Se escondió al instante, con un solo movimiento, en un conjunto de plantas disecadas a la derecha de él. Miguel aún lo tenía en la mira por lo que se ladeó a su derecha con la intención de atraparlo. Al acercarse, pisó sin intención un trozo de botella, asustando al animal que corrió a un arbusto de mayor tamaño a unos metros de distancia. No se amilanó. Ya antes había cazado lagartijas en compañía de sus amigos. Lo rodeaban para aminorar las vías de escape, y siempre sigilosos lo cogían con la naturalidad de un zarpazo. Sin embargo, esta vez era distinto. No tenía a nadie para cubrir la parte posterior del arbusto, así que para evitar el sonido de sus pisadas se retiró las sandalias. Acostumbrado a caminar descalzo por la arena caliente, se acercó con sigila, rodeando el arbusto con la intención de observar a la lagartija camuflada. No la vio. Recorrió tres veces el matojo con paciencia y sin prisas. Siguió sin encontrarla. «Ya se escapó», se dijo a si mismo con desaliento. Sacudió el arbusto con fuerza. Nada. Rebuscó por último al fondo del arbusto con sus manos desnudas y lo único que pudo rescatar fueron pequeñas partículas de vidrio mezclado con pedazos de plástico azul.

«El viento trae estas cosas» pensó mientras se sentaba al borde de una piedra caliente. Lo dijo pensando en el vidrio roto, pero apenas materializaba sus pensamientos en palabras, un fuerte resoplido frío y feroz, recorrió el cerro entero; remeciendo el suelo, las piedras sueltas, los arbustos, su camisa y sus piernas. Un escalofrío escarapeló su torso desnudo. «Qué raro» murmuró mientras se ponía de pie buscando sus sandalias. El golpe de frescura lo sacó del ensimismamiento del arbusto y la lagartija. Se sorprendió a sí mismo alejado del sendero de los difuntos y cuando quiso orientarse para reencontrar su camino, se topó con el sol vigilante, más amarillo que nunca. Miguel observó impávido al sol de siempre con una diferencia apocalíptica. Restregó sus ojos con impaciencia y al intentar observar nuevamente el sol, cubriéndose con su mano para no deslumbrarse; confirmó que la primera impresión no había sido una alucinación. Una pequeña mancha oscura se dibujaba en la parte superior del astro. Aunque, ¿era la misma mancha? De haberse encontrado acompañado, Miguel habría jurado que antes la vio más pequeña y ahora parecía haber crecido, ¿un centímetro? No le dio tiempo a aclarar esta duda, porque frente a sus ojos, la mancha volvió a avanzar como una plaga de oscuridad carcomiendo la luz.

«Pero, qué mierda», gritó sin ser escuchado. Asoció sin querer el recuerdo de su padre con las cuencas de ojos vacías y el sol siendo devorado por una oscuridad cósmica. Miguel corrió con desesperación en una dirección no establecida. Primero a la derecha, luego a la izquierda, otra vez a la derecha cada vez más rápido. Quiso bajar, empezando a subir sin darse cuenta. El temor iniciático no le permitía pensar con claridad. La adrenalina en vez de aclarar sus acciones, hizo que sus pensamientos se atropellasen entre sí. Intentó encontrar una explicación al anochecer repentino. No la encontró. De todas formas, nunca nadie le había explicado los conceptos básicos de un eclipse. Tampoco había visto el noticiero de la mañana, porque su televisor llevaba dos semanas descompuesto. Así que, víctima de su ignorancia, siguió corriendo sin pausas ni orientación. Por fin, se detuvo cinco minutos más tarde. Jadeante, con el corazón desbocado y los pies ardientes saboreó el miedo inyectado en todo su cuerpo a través de la sangre. Sintiendo sus latidos traspasar su cuerpo, miró como anochecía a las dos y cuarenta de la tarde.

El calor se había evaporado con la naciente oscuridad. Obligó a Miguel, colocarse nuevamente la camisa en su torso. No se la abotonó a pesar de intentarlo. La torpeza de sus dedos no lo dejaban. «¡Mierda, mierda, mierda!» repetía sin cesar, ahora arrastrando sus pasos con precaución. Pensó en su mamá. ¿Estaría pasando lo mismo en su casa? ¿Este es el fin? ¿Lo que decía el pastor de los domingos era cierto? ¿Acaso moriré? Las interrogantes lo asaltaban aleatoriamente y antes de encontrar cualquier respuesta razonable, se percató que se había detenido frente a una cruz de madera.

Había llegado al cementerio clandestino sin proponérselo. La impresión de haber encontrado el camino a pesar de ya no buscarlo, le produjo una debilidad inmediata en su estómago. Caminó un poco más y observando la planicie del cementerio, identificó a lo lejos la tumba de su padre; adornado con flores deshidratadas y una cruz de cemento. La observó por poco tiempo, y contrario a sus dudas iniciales, se sintió reconfortado al estar cerca de su padre en circunstancias tan inusuales. Comenzó a acercarse con cuidado. Alcanzó a dar tres pasos,  cuando de pronto, la oscuridad se cerró por completo en un golpe de gracia, asentándose en todo el ámbito de la planicie. A Miguel se le encogió el alma en un puño, al sentir que en medio de la oscuridad profunda, sorpresivamente una mano gélida cogió su brazo.

Continuará




viernes, agosto 11

El sendero de los difuntos

El sopor del mediodía rebosaba completamente la incipiente tarde del trece de enero. El sol recalentaba la arena de la superficie. Su temperatura irradiada en el aire, producía una sofocación sudorosa en todo el ámbito de la invasión. A pesar que Miguel se había quitado la camisa, no lograba evitar que su espalda trigueña, delgada y huesuda, sudara al compás de su frente, mientras rayos amarillos lo cubrían entero al avanzar por el camino estrecho de arena y olvido desde su casa al cementerio. Se detuvo un momento para respirar sin dificultad y volteó observando con curiosidad lo que dejaba a sus pies. A lo lejos, las casas de la invasión parecían pequeñas cajas de fósforo mal ordenadas. Incrustadas todas ellas como pequeños insectos en una fruta, intentando aprovechar lo máximo de su estancia efímera, sabiendo que su presencia era prestada y podía ser desterrada en cualquier momento.

Miguel lamentó no haberse puesto un gorro para la caminata. Tentándose la frente, se asustó por el calor que irradiaba. Regresar, después de cuarenta minutos caminando por un sendero empinado, era una osadía que no se atrevió a pensar. El sol lo había sorprendido hace poco. Al salir de casa, las nubes todavía cubrían el cielo raso. Sin embargo, en plena caminata, la atmósfera se despejó de cuajo con la fuerza inesperada del viento. Miguel, se preguntó si acaso la salida del sol se limitaba a ese pedazo de tierra. -En la invasión aún seguirá nublado- pensó con impaciencia. Inquieto por su molestia, levantó su camisa descolorida y la colocó por sobre su cabeza, cubriendo así su rostro, cabeza y cuello del sol implacable que lo golpeaba de lleno. Acomodó sus pies deshidratados con las sandalias gastadas y siguió andando por el sendero de los difuntos, mientras sentía el fastidio de la arena y de pequeñas partículas de piedra que se incrustaban en la planta del pie.

El sendero de los difuntos era un camino asentado por el andar continuo de las personas. El camino comunicaba las últimas casas de lo más alto de la invasión asentada en una loma de arena de la desbordada capital metropolitana, con un cementerio improvisado, apostado al otro lado del cerro. Para llegar, debía caminarse hora y media con un andar ligero por entre arena y piedras siempre yendo hacia arriba hasta encontrar una roca en forma de huevo, distinguible de las demás por las escrituras íntimas de amantes bizarros, que perpetuaban su amor en lo inverosímil de una piedra. El granito anunciaba el fin del camino empinado y el comienzo de la bajada. Desde ahí ya podía observarse una enorme planicie de mil doscientos metros cuadrados, ligeramente desnivelada en sus extremos, en donde los vientos encontrados le daban un aspecto de confusión triste. Al menos ciento trece personas habían sido enterradas en seis años y medio de uso. Todas ellas habitantes de la invasión, quienes a falta de mejor oportunidad fueron sepultados por sus familiares en la gratuidad de un cementerio clandestino.

Miguel lo recorrió por primera vez, ocho meses atrás tras la muerte de su padre. La primera impresión del camino polvoriento acompañando la caja mortuoria, fue de devastación absoluta. Aquella devastación caló en él como un sello indeleble que a partir de entonces cargó sobre sus hombros como una penitencia inmerecida. La muerte de su padre fue un trauma en sí mismo por las circunstancias sangrientas en las que ocurrió; por lo que acompañar el rígido cuerpo de su padre durante dos horas de caminata y otra hora de descansos alternados, fue una pequeña muerte de los últimos rezagos de su felicidad infantil, la cual soportó en silencio. Luego de esa experiencia, Miguel había visitado la tumba de su padre tres veces, siempre acompañando a su madre en las tardes tristes. Sin embargo, aquél día se sorprendió a sí mismo haciendo el camino por iniciativa propia, acompañado de una sensación de ansiedad que lo colmaba entero y lo animaba a avanzar a pasos ligeros durante algunos minutos, para luego caminar parsimonioso mientras se debatía entre pensamientos erráticos.

La decisión de su visita era producto de una inspiración clarividente. Le llegó aquella mañana al despertar sobresaltado por la palpitación vigente de haber vivido una extensión de la realidad en un sueño aciago. Soñó con su padre. Desde su muerte, Miguel no había soñado con él a pesar de haberlo deseado. Esta vez lo vio nítido y sereno con la camisa amarillenta y la corbata mal anudada con la que había sido enterrado. Estaba sentado encima de su nicho, en la planicie del panteón, agitado por un viento helado que movía su cabellera reseca. Apenas sintió la llegada de su hijo, lo miró a través de sus cuencas vacías, y le dijo con una voz clara y terrenal: «ven, te necesito». Al hacerlo, distraídamente sacaba de su cuerpo pequeños gusanos de la muerte, que lo devoraban con paciencia de adentro hacia afuera, sabiendo que tenían la batalla ganada por la fuerza de su propia naturaleza. «No demores» sentenció don Saúl, antes de que Miguel despertará sobresaltado en la ambigüedad de las cinco de la mañana.

Continuará...




miércoles, julio 12

Hombrecito sin luz

Distante por el sendero camina un hombrecito sin luz. Recorre el camino agazapado, ensimismado, escondiéndose del día, con las cuencas de los ojos desorbitados; intentando –mientras camina- separar las ideas racionales de las fantasiosas. No es fácil. Se ha encontrado inmerso en una fantasía utópica que lo ha consumido entero y casi lo deja sin vida, o quizás sigue ahí, o quizás nunca estuvo ahí físicamente, o quizás ya murió y quien camina es su recuerdo; seguramente su vida nunca estuvo en peligro; aunque lo más probable es que mitad de su alma siga en aquella vorágine de fuego, luz y oscuridad.

El hombrecito sin luz no es mayor de 25 años; a pesar de ello, su aspecto desgarbado, sombrío, menudo, con ojeras profusas y ennegrecidas por la constante vigilia que ha soportado el último año tras sus delirios constantes; lo hace verse como un anciano en franco desvarío. Sus piernas otrora saludables, son ahora escuálidas y paulatinamente han empezado a separarse una de la otra dándole una apariencia caricaturesca y de constante desequilibrio. ¡Se va a caer!

Por fin se detuvo. Después de catorce horas caminando (huyendo), se ha detenido al pie de una laguna turquesa, que dibuja su reflejo con especial rencor, porque a pesar de mostrar a la perfección el reflejo de su cuerpecito menudo, su rostro permanece oculto. Preocupado, se cambia de posición e incluso acerca su cara al agua, rozando su barbilla con el frescor del manantial, pero su rostro sigue sin aparecer; en cambio, un parche oscuro parecía haberse impregnado por encima de su cuello. “Sigo alucinando” pensó con recelo el hombrecito sin luz. “Mi rostro está aquí” se dijo a si mismo, mientras palpaba con sus manos, su faz llena de vello capilar, producto de no haberse afeitado quién sabe desde cuándo.

El hombrecito sin luz se ha dormido al pie del lago. Al estar sin luz, sus sueños se le han escapado; no los puede contener dentro de sí y sus ensoñaciones han comenzado a proyectarse alrededor de él inconscientemente. Los huerequeques, en su recorrido nocturno habitual lo han visto roncar y compadecidos por el sueño profuso del hombrecito, han pasado en silencio, no sin antes divertirse con las jocosas situaciones proyectadas desde el sueño del hombrecito. Lo han visto bailando un huainito, lo han visto borracho cantando en quechua con llanto en los ojos, lo han visto tartamudeando ante una mujer desnuda allende cuando era adolescente.

¿Y la luz? ¿Alguien sabe dónde está la luz? Ni siquiera el hombrecito sabía dónde se había quedado su luz; de hecho, ni él mismo sabía de la evaporación de su luz. ¿Qué sabía de todos modos el hombrecito sin luz? Si apenas era capaz de recordar ­el suceso. Así es, el hombrecito sin luz también había perdido la capacidad de recordar. A pesar de llevar un año en esta penosa situación, sólo recordaba la noche en la que, saliendo de la fiesta de San Juan, se había encontrado de bruces con aquella fantasía utópica (o distópica) ¡Oh aquella fantasía!, la sentía tan palpable, y hasta saboreaba sus sensaciones iniciáticas cada mañana; luego, las otras sensaciones, las del desenlace más bien le causaban escalofríos. Por eso él seguía escapando. No sabía entonces que llevaba un año escapando, aunque por sus propios desvaríos su huida se limitada a un andar y desandar por los mismos senderos que lo perdieron en el monte.

¿Y tú? ¿Qué consideras ha sucedido para que el hombrecito se quedara sin luz?




jueves, julio 6

De la mano

Iban cogidos de la mano bajo la penumbra de las tres de la mañana. Él entrelazaba sus dedos con premura, experimentando la aspereza que le causaba los dedos toscos de su acompañante contrastando curiosamente con la suavidad de su piel. A pesar de las diferencias, y no sólo por las condiciones cutáneas, ellos se complementaban perfectamente en un vaivén pausado de un tiempo detenido mientras cada uno absorto en su propio ámbito miraban al horizonte, a su horizonte particular.



La abstracción se interrumpió de improviso, cuando su acompañante lo soltó abruptamente, volteándose en un movimiento reflejo, dando cara a la pista. «Espera», le dijo con voz desgastada, «dame un minuto, voy a arrojar». Alberto intentó sostenerlo por la espalda para ayudarlo a vomitar las dos noches de excesos continuos que había soportado su organismo. Él no le dejó, apartándole con un movimiento torpe del brazo. Tosió con violencia mientras sentía cómo la descomposición emergía desde la boca de su estómago hasta la garganta, convirtiéndose en el proceso en un líquido agrio que salía sin pausas.

Tres y seis. Alberto observó las manecillas de su reloj de mano con impaciencia, esperando que su acompañante se restableciera. Un minuto más tarde, cuando sintió que ya no tosía, le alcanzó una botella de agua mineral. «Enjuágate» le dijo, «no te voy a besar con esa peste» acotó divertido. «No jodas» le respondió, «no me dejes tomar nunca más» alcanzó a decir, mientras unas lágrimas pequeñas de puro malestar físico le brotaban gratuitamente.

Eso sería perfecto, pensó Alberto, sin animarse a decirlo en voz alta. Las noches así eran cada vez más frecuentes. Había olvidado ya, cuándo había sido la última cita tranquila que no llevase alcohol de por medio, lo extrañaba, extrañaba sus paseos por el malecón, sus tertulias después del café de las cinco, sus comentarios después de la película del fin de semana, sus risas luego de ver los mismos capítulos de siempre de Los Simpsons, en su habitación. Extrañaba a Manuel. Extrañaba a ese Manuel, y no al sujeto que debía cuidar cada fin de semana, por los desproporcionales desastres que causaba con el alcohol en su cuerpo. Lo quería, aunque ya no lo soportaba; y al mismo tiempo no veía un presente o un futuro sin él.

Manuel se recostó por fin en la fría pared de una casa anónima de la avenida por donde habían caminado. Miró el rostro distraído de Alberto bajo la luz amarilla de un poste garabateado. «Ahora sí» le dijo, con todo el aplomo que le permitió el desequilibrio del alcohol en su sangre. Le tendió la mano.


«¡Bah!» respondió Alberto con indiferencia, «tú y tus huevadas», le dijo mientras cogía su mano nuevamente con fuerza. A pesar de los 17 meses juntos, siempre se estremecía al sentir su tosquedad. Alberto suspiró en silencio. Siguieron caminando. 

viernes, junio 30

Olor a soledad

La conocí un martes distinto a los demás martes que recuerde, porque aquél día anocheció a las ocho de la noche, alargándose el día sobrenaturalmente entre cánticos, rezos y lágrimas de feligreses espontáneos que se sorprendieron rezando ante la inminencia de un fenómeno divino inexplicable. Aquél día el sol no quiso esconderse a tiempo y se quedó inmóvil como en aquella cita bíblica, donde se detuvo en lo alto del cielo para permitir a un grupo de israelitas terminar de ganar una batalla en contra de pueblos rebeldes. Dios destruye sus propias leyes para ayudar a un puñado de seminómades desnutridos de un desierto distante. Qué falsa me había parecido aquella fábula hasta la tarde en la que jugando al fútbol con la collera del barrio, vimos cómo nos habíamos suspendido en el tiempo, levitando un minuto eterno en el que a pesar de agotarnos por el esfuerzo deportivo, la hora no avanzaba, el minuto antes del atardecer seguía estando ahí y el día no quería marcharse.

Tenía el cabello esbelto, largo y oscuro como la noche que no llegaba. Me sorprendió su mirada exacta, sus ojos abiertos que parecían apreciar cada detalle nuevo de la vida a pesar de conocerla de antes. Era más alta que yo sin dudas y así lo comprobé al pasar a su lado al regresar a casa con los amigos, dado que se encontraba de pie en el portal de lo que pensé era su casa, mirando una lechuza posada encima de un poste de alumbrado, el cual estaba encendido a pesar de que no era necesario porque siendo las siete de la noche aún parecían las cuatro. La miré con disimulo para no despertar en mis amigos el vicio ocioso de molestarme y espantarla, esperando descubrir algún detalle adicional de su ser que atrajera mi curiosidad; debió haber sido muy evidente para ella mi intención, dado que volteó su mirada rápidamente directa a mis ojos, penetrando sus pupilas en mi alma infantil causándome un temblor felizmente imperceptible para los demás. Cruzadas las miradas, me inspeccionó raudamente deteniéndose en mi ombligo descubierto por la camiseta parcialmente alzada con el fin de refrescar el calor corporal luego de haber jugado. Atisbó una sonrisa tímida al ver la bifurcación bizarra de mi ombligo, que a diferencia de los demás no era un orificio circular, sino un orificio elipsoide con una cicatriz que se alzaba por mi abdomen hasta la altura del pecho. Naturalmente me avergoncé por ello y bajé mi camiseta al instante a pesar de saber que ya no era observado porque ella había vuelto a mirar a la lechuza que parecía confundida, intentando sincronizar su reloj natural con lo diáfano del cielo sin noche. Seguí caminando, hasta llegar a casa, tres cuadras más adelante, despidiéndome de mis amigos con cierto grado de inconsciencia. Al cruzar la puerta y saludar a los tíos con los que vivía repuse en que algo de esa niña se había quedado prendado en mi cerebro, era su olor a soledad.

Visto en nalgasylibros.com


A las ocho con dieciséis minutos, pequeñas gotas comenzaron a desprenderse de la noche reciente que había traído además de la oscuridad, copiosas nubes propias de un cielo serrano y que rara vez visitaban el litoral costeño. A pesar de ello, muchas personas salieron de sus casas con rostros de alivio, ante la algarabía y tranquilidad de saber que el mundo no acababa esa tarde. Cuando la lluvia se hizo más fuerte a eso de las once de la noche, más fuerte fue el ensimismamiento espontáneo que me cogió de sorpresa apenas me acosté; estaba fascinado ante el descubrimiento de la belleza femenina por primera vez a mis once años. El ensimismamiento me acompañó incluso en sueños; en donde inconscientemente la recree en decenas de situaciones, y en todas ellas éramos felices cada vez que ella miraba mi ombligo y se reía curiosamente, aunque no pude borrar de mis sueños la presencia transparente de la lechuza y el sonido impertérrito de la lluvia que en contra de lo que normalmente acontece aquí, se extendió durante toda la noche hasta las nueve de la mañana del día siguiente, dejando una sensación de humedad que penetraba las paredes de la casa y se materializaba en charcos regados en las esquinas más inverosímiles del hogar.

Cuatro días más tarde, la impresión de haberla visto había disminuido. Entre las tareas de colegio, los juegos frente a la computadora, y las labores domésticas que mis tíos siempre se encargaban de darme, su presencia antes sólida se había difuminado en un recuerdo gaseoso que me asaltaba con menos intensidad que al principio. Sin embargo, aquél sábado por  la mañana percibí de improviso un aroma solitario que reactivó mis ensoñaciones y me trasladó a un estadío de vigilia inmediato. Su nítido aroma infeliz de soledad absoluta llenó todos los ámbitos de la casa haciendo que mi corazón confundiera la frecuencia de sus latidos. Luego, un sonido de trompeta acompañado de una percusión sorda me estremeció al punto del llanto, llanto que la propia trompeta parecía proferir por la hermosa capacidad de su ejecutante, que rascaba sonidos solemnes y tristes que parecían abrir sin rescoldos viejas heridas en las personas como si se tratase de una navaja, con el único fin de hacerlas llorar. De pronto, golpes tenues se escucharon en la puerta; al abrirla me topé de lleno con la mirada precisa de ella, quien en un acto reflejo respondió al chirrido de mi puerta, observándome por sobre el llanto de sus ojos, triste, mientras me invitaba con un gesto sutil ver a las personas que la acompañaban y que estaban por doblar la esquina.

Desearía nunca haber salido. Desearía haber sido capaz de sobreponerme a la emoción que embargaba mis entrañas y cerrar la puerta no sin antes ofrecer mis disculpas para continuar con las labores domésticas cotidianas y olvidar todo lo que pasó aquella tarde. Pero no. La mirada precisa que me clavó desarmó mi sentido común y no supe en qué momento yo también estaba doblando la esquina, arrastrado por el impulso ciego de seguir un ataúd perlado que cargaban cuatro hombres idénticos en su andar, en su porte y en sus gestos de cansancio. No repuse en quien podría ser el difunto, dado que apenas tomé conciencia de mi andar, busqué rápidamente con la mirada a ella, quien se encontraba con la cabeza gacha unos tres metros delante mío. No intenté acercarme, pensé en respetar su dolor dando por sentado que el entierro era de algún familiar suyo y planifiqué conversar con ella al finalizar el mismo; en cambio, decidí no perderla de vista, cuidando mis pasos para que no se sintiera perseguida, disimulando la opresión de mi pecho cada vez que por un descuido dejaba de verla. Una hora más tarde habíamos abandonado las avenidas, calles, jirones y callejones que conocía hasta entonces. A mis once años no tenía la libertad suficiente para embarcarme en los avezados paseos que hacían mis amigos una vez al mes hasta la vuelta del cerro que se encontraba por encima de toda la urbanización en donde vivíamos. Me conformaba entonces con las descripciones que hacían al volver, aunque cada una de ellas difería en los detalles más elementales de acuerdo a quien preguntaba. Para Joaquín, el cerro estaba lleno de pasto semi seco que dejaba caminar con comodidad por largos tramos, para Fernando el terreno era terroso y llegaba un punto en que la inclinación era tal que no se podía avanzar sin tener que agarrarse del mismo suelo para no caer, para Alberto lo curioso eran las bifurcaciones que se abrían una vez terminaba el camino asentado, era él quien animaba a los demás a explorar caminos nuevos cada vez y aunque todos los caminos se parecían en su apatía, alguna vez encontraron rarezas como pequeños hilos de agua que brotaban desde el interior de las rocas o pequeñas conchas marinas regadas a pesar de encontrarse a no menos de diez kilómetros de la playa más cercana.

Por ello, una vez salimos de la urbanización y nos adentramos a la periferia que rondaba el inicio del cerro crudo, intenté recordar las decenas de relatos de mis amigos, y a pesar de recordarlas ninguna me parecía significativa en ese momento, dejándome arrastrar pasivamente por entre las disímiles casas de cartón sin ventanas adornadas con tanques  de polietileno azul para llenar agua en lugar de los tradicionales jardines a las afueras de sus casas. Lo curioso es que parecía que nadie reparaba en nuestro andar, y más curioso aún era que aquello no me sorprendía. Parecía drogado.

Poco a poco las casas se iban esparciendo en distancia hasta pasar por la última choza claramente abandonada porque al mirar el candado de su puerta, éste se había corrugado en un pedazo de metal oxidado que no servía ni para asegurar la casa, ni para abrirla. Más adelante, el camino de tierra asentado se hizo menos consistente y el andar continuo hizo que un polvo amarillo seco se levantara alrededor de nosotros como nubes menudas que nos envolvían; estas partículas me hacían toser pero parecía ser el único al que lo afectaba porque todos los demás incluyendo la anónima niña a la que seguía lucían imperturbables. La tos pareció sacudir mis sentidos, porque después de una caminata tan larga recién reparé en que era el único niño del cortejo fúnebre y que además era el único en no estar de un luto riguroso y más bien caminaba con sandalias enterradas por el polvo que habían blanqueado mis desnudos pies. Me asusté. Comprendí lo lejos que estaba de casa y lo estúpido que había resultado dejarme guiar por desconocidos hasta la loma. Entonces, me acerqué sigiloso a ella, deseando saber por qué me había buscado, ¿a dónde íbamos?, ¿quién había muerto?, ¿quién era ella? Logré caminar a su lado izquierdo y entonces con nervios renovados murmuré: ¡Hola! No respondió. Sólo me dedicó la misma mirada exacta que ya conocía, pero esta vez tenía una  lágrima contenida en su pupila que me estremeció porque me vi reflejado en ella como si de un espejo se tratase. La abracé impulsivamente, sintiendo su cuerpo menudo junto al mío. No pareció inmutarse, aunque sí se detuvo porque la contuve con mi cuerpo. Estuve por preguntarle qué estaba pasando aquí, pero caí en cuenta que los detenidos no éramos solamente nosotros. Todo el cortejo, incluida la música fúnebre se había detenido al unísono.

-No se toca al sacrificio- de pronto pronunciaron al unísono los cuatro cargadores del ataúd. Su voz potenciada por el eco de lo solitario del camino escarapeló mi cuerpo. Aun así no comprendí con exactitud a qué se referían con el sacrificio y de todas maneras no me importó porque mayor desazón me causó que ella se alejara de mí nuevamente poniéndose a tres metros de distancia y retomando todos el andar parsimonioso. Entonces, una sensación agobiante impregnó mi cerebro al terminar de procesar lo bizarro de la situación. De golpe comencé a sentir el frío de las siete de la noche y me alarmé al darme cuenta que no había estado caminando durante hora y media como había calculado, sino cerca de ocho horas sin parar, por un lugar ahora sí totalmente desconocido. La idea de estar con personas extrañas, en un lugar recóndito y a portas de presenciar algo que cuando menos no parecía ser bueno me sobrecogió.

Media hora más tarde, y con el agobio a flor de piel, el camino empinado se interrumpió abruptamente. De pronto ya no estábamos subiendo sino bajando. Quise volver. Quise darme media vuelta y regresar corriendo a casa para sentirme seguro, de hecho lo intenté con todas mis fuerzas o eso pensé, pero los pies sólo respondían al incansable llamado de seguir adelante. Era imposible escapar y esto no hacía más que acrecentar el nerviosismo y la ansiedad que me carcomía entero. Diez minutos después por fin nos detuvimos y de pronto sin que pudiera preverlo, el encantamiento que me mantenía atado a ese cortejo fúnebre deambulante se rompió. Así, como si se tratase de un baldazo de agua helada sorpresiva, mi cuerpo sintió los estragos de la larga caminata que hasta el momento parecía desconocer, en primera los pies me dolieron horriblemente así que caí sentado para poder masajearlos y entonces sentí todo mi cuerpo agarrotado y apaleado.

Al levantar la vista, vi la luna llena naciente que se había posado con suavidad en el cielo oscuro y despejado, pude observar estrellas nuevas, que nunca antes había visto. De hecho, estaba acostumbrada a ver las estrellas cada vez que los atentados terroristas volaban torres de alta tensión, algo por entonces, común; sin embargo, estas estrellas eran nuevas, distintas, fulgurantes, con una luminosidad superlativa, que parecían haber nacido recién y por ende su luz se sentía palpitante y vigorosa; la luminosidad de la noche me reconfortó en cierta medida haciendo olvidar por unos instantes la larga caminata que había realizado.

-Es un sueño -pensé, cerré los ojos y comencé a repetir esto último como si de un mantra se tratara, pero al abrirlos el panorama no cambiaba. Entonces al reincorporarme con el cuerpo golpeado observé dónde nos encontrábamos; era un descampado irregular, que tenía centenares de piedras puestas como si se hubiese existido alguna lluvia de rocas que las había insertado en el terreno en algún momento, también observé que al lado de muchas de estas piedras habían cruces de madera puestas con inscripciones de letras ilegibles: era un cementerio rústico. A una distancia de 20 metros vi a los cuatro cargadores del ataúd, además a seis hombres adultos, cuatro señoras con el rostro cubierto, cinco músicos de baja estatura, y a ella confundida entre las señoras. Todos iban vestidos de riguroso negro. Los cargadores caminaban aún con el ataúd en sus hombros hasta que se detuvieron al encontrar una piedra puesta horizontalmente, lisa y con una extensión de seis metros, entonces cuidadosamente colocaron el cajón ahí. Luego, estos hombres sin mostrar ningún gesto de cansancio a pesar del esfuerzo que conllevaba haber llevado un cajón de madera durante largas horas, posaron una mirada estricta sobre ella. Los escalofríos volvieron, al recordar la palabra sacrificio.

Cerré los puños, libre ya de la parálisis que me había embargado durante todo el viaje, tomé la decisión de acercarme a ella sin reparos, no di más de 20 pasos hasta que me coloqué detrás de ella y le susurré –Hay que irnos, hay que correr–. No respondió. Hizo como si no me escuchase y murmuró algunas palabras con las señoras que se encontraban junto a ella y quienes aparentemente no habían reparado en mí. Las señoras se acercaron en dirección a la piedra donde se encontraba el ataúd y ella suspiró. Fue un suspiro amplio y sobrecogedor que pareció entristecer la noche porque un viento helado comenzó a correr sin pausa alrededor nuestro. Entonces volteó a verme una vez más con su mirada exacta, pero esta vez sin ningún atisbo de tristeza, melancolía o soledad que antes denotaba. Ahora era una mirada impertérrita, sólida, de terror.

Entonces sucedió. Los músicos volvieron a  rasgar con melodías tristes la noche, y un manto adormecedor cubrió mi cuerpo desde mis pies hasta mi cabello despeinado. La paz se había ido para siempre, y la desesperanza quebró mis emociones al punto de producirme un llanto desconsolado, a lágrima viva, sin entender por qué estaba llorando. A su vez, las señoras emprendieron nuevo llanto y sentí como de pronto levitaba por los aires, siendo cargado por los hombres adultos que me llevaban con una facilidad inaudita, pareciendo que mi cuerpo había perdido gravidez. No lo entendía. O quizás sí lo entendía pero no quería aceptarlo. Me estaban llevando al ataúd perlado, era mi ataúd. Era mi entierro. El sacrificio del que habían hablado antes no era ella, era yo. ¿Por qué? Alcance a pensar dentro de la turbación de mi espíritu. Ella aclaró la voz como si habría escuchado mi pensamiento y entonces conocí su voz. Una voz destemplada y casi sorda como la de una anciana: “Desde tu nacimiento eres tú. Un niño enmantillado que hemos buscado desde hace más de doscientos años cuando la costumbre se perdió, necesitaba a un niño enmantillado y ahora estás aquí, lo supe apenas te vi hace tres días con la cicatriz de tu ombligo”. – ¿Qué es enmantillado? Alcancé a preguntarle débilmente con el pensamiento. Ella ya no respondió, pero con un gesto de su mirada, una clarividencia se despejó en mi mente y recordé el día de mi nacimiento, cuando salí del vientre de mi madre envuelto en una cápsula de tejido humano sin romper, había nacido con la placenta intacta, y es por este motivo que mi madre falleció apenas salí de su útero.

Me acostaron sobre el ataúd y a pesar de tener muchas preguntas aún en mi cabeza y estar a punto de formularlas, de golpe mis recuerdos se cerraron y se perdieron juntamente con las estrellas y la luna. La noche, al igual que mi conciencia se había cerrado de improviso. Mi respiración cambió de compás y comencé a agitarme ante lo claustrofóbico del cajón angosto en donde me habían depositado. Volví a ver la lechuza agitarse imponente por el cielo oscuro. No pude más. Cerré los ojos.

martes, junio 13

Contando Historias

Texto publicado en https://medium.com/@jcoco2515/contando-historias-f91de86649a un nuevo canal donde también publicaré escritos un tanto más espontáneos

Desde el 2015, aperturé un blog denominado “El Eterno Diletante” con la intención de contar las historias que asaltaban mi ser de cuando en cuando e intentar así visibilizar mi incipiente literatura al escrutinio de amigos, conocidos y todo aquél que por mera casualidad termine leyendo alguno de mis escritos.
Pasado dos años, desafortunadamente, por falta de tiempo y en parte -como verán más adelante- por falta de inspiración, mi producción ha sido menor en número; no obstante, sí ha servido como vía canalizadora para desfogar mi alma y materializar los demonios que llevo adentro. Contar historias es eso, una expresión de nuestro íntimo ser, mediante vivencias creadas por la voluntad dictatorial de nuestra imaginación, que una vez puestas a andar se desenvuelven con personalidad propia, tomando decisiones que muchas veces contradicen el ánimo original con el que fueron creadas. 

De todas formas, en un intento sordo de manifestar lo que siento, lo que deseo, lo que me interesa, me motiva y me inspira; he abierto este canal a la par del blog, deseando aferrarme a la faena de escribidor como un náufrago se abraza a la única esperanza que le brinda un pedazo de madero flotante en la mar. En este caso, el pedazo de madero es el cuaderno azul que me acompaña desde hace dos años y en donde inserto las inspiraciones espontáneas que luego desarrollaré, y la mar es el día a día que me inunda con su cotidianidad arrastrándome al conformismo de la rutina.

miércoles, junio 7

Banderas y más banderas.¿Por qué nuestra bandera es rojiblanca?

Apropósito de las celebraciones del Día de la Bandera en nuestro país, conmemorando la Batalla de Arica y por ende el valiente heroísmo y sacrificio de Francisco Bolognesi y en menor medida de Alfonso Ugarte (este último merece un artículo propio aparte). Me ha parecido interesante dar desde aquí, un breve repaso histórico al origen de este pedazo de tela tan significativo al que llamamos bandera y que motiva una parafernalia superlativa y el sacrificio de muchas personas a lo largo del mundo.

Si nos ponemos a revisar en Google o en nuestros libros de geografía, veremos que cada país ha decidido representarse a sí mismo mediante una bandera. Mucho más curioso resulta revisar la historia de cada una de estas banderas, encontrando en algunos casos, similitudes regionales llamativas. Por ejemplo, si revisan las banderas del norte de Europa (Islandia, Noruega, Suecia, Finlandia, Islandia, Dinamarca, Islas Feroe y Aland), encontrarán que todas parecen haber sido diseñadas por la misma persona, dado que cada una de ellas tiene una cruz recaída a la izquierda de la bandera, diferenciándose solamente por los colores; y esto se debe a que la Cruz de San Olaf o Cruz Escandinava es un símbolo cultural de cristiandad que conquistó estas tierras desplazando de a pocos la mitología vikinga hasta implantarse totalmente. Otro hecho interesante es el que nos brinda las banderas de nuestros países vecinos de Venezuela, Colombia y Ecuador que como todos sabemos utilizan prácticamente una misma bandera, compartiendo los tres colores que en su momento ideó Francisco de Miranda allá en 1806 cuando se fundaba el extinto país de la Gran Colombia.

Repasando rápidamente el origen de las banderas vemos que, la primera bandera de la que se tiene conocimiento y la cual se encuentra documentada históricamente, apareció en el Imperio Persa durante la Dinastía Aqueménide unos cinco siglos antes de nuestra era, dinastía que por cierto no duró más de dos siglos debido a la invasión de Alejandro Magno allá por el 331 a.E. La bandera representativa de este imperio es la denominada Derafsh Kaviani, bandera que también apareció en el Imperio Sasánida entre los años 224 a 651 de nuestra era, imperio que se desenvolvió en lo que hoy es Irán, motivo por el cual se la considera como la primera bandera de éste país. Posteriormente, fueron las legiones romanas durante el Imperio Romano quienes con el fin de identificarse se representaban mediante el vexillum, la cual era una suerte de estandarte vertical que tenía la imagen de algún animal y que servían tanto para identificar a las legiones, así como para reunirlos en batalla formando vexillationes., o lo que hoy se llamaría destacamentos. Estos estandartes fueron evolucionando de manera paulatina hasta encontrar similitudes con las banderas que conocemos hoy en día. Siguiendo entonces esta natural evolución, la práctica de utilizar estandartes con fines de identificación fue ganando cotidianeidad y pronto se utilizaron para diferenciar símbolos de religiones, clases sociales, instituciones y demás, encontrando una particular importancia cuando el comercio marítimo fue más frecuente, logrando así reconocer las nacionalidades de los barcos desde distancias considerables. Desde entonces, se utilizan banderas para representar casi cualquier grupo social, extendiéndose ésta práctica a lo largo del globo.

Bandera de Derafsh Kaviani.

Ahora, centrándonos un poco en la realidad nacional ¿cómo llegó a ser la bandera peruana roja y blanca? ¿Qué criterio se utilizó para la elección de estos colores? En este extremo, y antes de esbozar cualquier idea, debo aclarar que mi intención no es hacer un ejercicio ocioso de repetición sobre la supuesta inspiración a duermevela de José de San Martín mientras dormía en Paracas, o un repaso sobre las modificaciones de la bandera tanto en 1822, en 1825 o en 1950 con Odría. Lo que aquí quiero es especular de manera breve sobre cuál considero el origen más probable de la rojiblanca que tantas buenas canciones criollas ha motivado. De plano, la versión literaria de Ricardo Palma sobre el sueño de San Martín debe ser rechazada por muy inspiradora que resulte, dado su nulo sustento histórico. Pasado esto, existe una versión bastante curiosa del historiador Mario Felipe Paz Soldán el cual sostiene que San Martín al haber libertado a Argentina y Chile, tomó un color de la bandera de cada país (blanco y rojo respectivamente) y creó la bandera nacional. Particularmente me niego a creer que San Martín quiso ahorrarse el trabajo de pensar y decidió hacer una mezcolanza de banderas ya existentes sin brindarle mayor significación a la nueva imagen de lo que sería el Virreinato del Perú. Además, recordando un poco la intencionalidad del libertador de que el naciente país peruano se mantenga unido a la corona mediante una Monarquía Constitucional, caigo en cuenta que los colores utilizados en la bandera peruana guardan una roja similitud con la bandera de la Corona de Castilla  que en efecto era roja y blanca. Asimismo la disposición de las cuatro líneas diagonales que aparecen en la primera bandera del Perú independiente, innegablemente guardan un parecido al emblema de los ejércitos españoles: la Cruz de Borgoña. Entonces, sí. Sospecho que José de San Martín, le hizo guiños muy fuertes a la corona española para dar a entender cuáles eran sus intenciones una vez finalizada la guerra civil con consecuencias independentistas en el Perú. Se ha sumado a esta teoría, defendida también por Jorge Fernández Stoll, que el rojo representa además del emblema del rey, la Mascaipacha Inca. Sobre esto, la referencia es bastante romántica y le daría cierta prestancia al actual rojo de nuestro símbolo patrio; no obstante no he encontrado referencias históricas sustentadas de que tan informado estaba San Martin sobre la Mascaipacha Inca, y por ende, qué tan importante era para él, rescatar y reafirmar valores indígenas en un conflicto de criollos. Porque sí, la independencia peruana, nunca se trató de independizar a los indígenas peruanos del yugo español. Se trató de un reacomodo de la posición de los criollos ante la pérdida de dominio español en sus territorios de ultramar.

Emblema de la cruz de Borgoña


Antes de cerrar este breve escrito, quiero señalar que mi intención con este tipo de artículos es abrir el debate y no pretender atribuirme verdades absolutas a prueba de errores. Al mismo tiempo, si he caído en alguna imprecisión histórica estoy abierto a corregirla si es debidamente probada. ¡Estamos para aprender! Por último, dejo la bandera peruana siendo portada por Francisco Boza en la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos Río 2016. ¡Qué orgullo!

Visto en vivelohoy.com







domingo, mayo 7

Sin inspiración

A dónde se fue mi inspiración. Hace poco más de un año escribía con soltura relatos de vidas ficticias, que de alguna manera complementaban la monotonía de la mía. Los adjetivos fluían a borbotones, mientras imaginaba los mejores giros imprevistos para mis culebrones de escritorio. Desafortunadamente, hace meses que perdí la inspiración; me cuesta sentarme a escribir una palabra tras otra, y en los momentos en los que me armo de valentía para hacerlo, las palabras se atascan como una máquina maltrecha, bloqueada, atracada.

Pero este tiempo de sequía, me ha servido para valorar mejor mi insignificante producción “semi-literaria” y encuentro en todas mis historias el mismo defecto que le encuentro a mi vida: el pesimismo. Mis historias no están cargadas de giros dramáticos que deslumbren al lector; son todas historias destinadas a culminar de una misma manera, tristes, apáticas, sin brillo. Me apena no haber seguido el camino que me sedujo hace años cuando leía el realismo mágico de Gabo. La realidad se ha asentado en mi alma y hoy me es difícil escapar de este enmarañamiento, que me tiene secuestrado como si se tratase de un líquido espeso, gelatinoso y de un aroma dulzón. Así he aprendido a conformarme con lo poco que hago hoy, quizás sea momento de salir, de sacudirse, de vivir.

No obstante, he descubierto algunas frases sueltas en mis escritos que me sorprenden a mí mismo. ¿Cuál es la magia de la inspiración? Hace poco escuché en un podcast español La Escóbula de la Brújula, que hablaban sobre si acaso la inspiración no era una especie de fenómeno mediúmnico en el que los escritores –algunos– se convertían en una especie de portadores de una inspiración ultraterrena. Todos los que han escrito alguna vez, deben haber sentido ese instante deslumbrador en el que una catarata de inspiración los embarga y sacude de una manera estremecedora trayendo como consecuencia una cascada de producción literaria del más alto vuelo. El mismo Gabo, dijo sobre la inspiración alguna vez: que me encuentre escribiendo; dando a entender que el escribir no es esperar a que llegue el sublime momento de la inspiración y recién producir, sino más bien es un oficio al que hay que dedicarle muchas horas al día.


Entonces, ¿qué sigue a partir de ahora? Seguir intentando por supuesto; suscribo esta breve entrada en el blog como un compromiso de escribir al menos una hora al día, para volver a coger la costumbre, a ver si dentro de poco los sorprendo con algún relato, de esos que hace tiempo no publico. 

Visto en pixabay.com 

lunes, marzo 27

Catacaos bajo el agua



Tenía previsto una entrada nueva hoy en mi blog. No puedo. La situación en Piura desborda cualquier otra preocupación o prioridad.

Hace un año caminando por las cercanías del mercado de Catacaos, junto a mis padres, nos encontramos con la peculiar imagen de San Dimas que había sido sacada a la calle sin mayor parafernalia que un pequeño banco de madera. Me pareció curioso observar como cualquier creyente podía acercarse a santiguarse con total naturalidad y recordé con nostalgia una visita inusual a la iglesia de Catacaos en una infancia lejana. Aquél día paseamos por la plaza de armas, compramos chifles, respiramos el abrumador y caliente aire norteño que era refrescado parcialmente con la chicha de jora tradicional. Hoy nada de eso existe ya. La mayoría de personas escapan de la ciudad inundada, abandonando –quien sabe hasta cuándo– sus casas, sus bienes personales, sus animales, sus vidas.

A la distancia sólo queda reunir ayuda para enviar a las zonas afectadas, y esperar que los complejísimos procesos que determinan la actual temperatura del mar y sus consecuentes lluvias torrenciales cesen y el clima se normalice. Ésta será una larga noche en Piura. Llegarán días mejores.

Autoría propia

miércoles, marzo 8

¿Por qué nos cuesta tanto aceptar la diversidad?


Apropósito del acalorado y no tan alturado debate que se cierne actualmente sobre la implementación de un enfoque de igualdad de género en la currícula escolar, y tras escuchar y leer divertidas, aterrorizantes y variopintas posturas sobre el tema de las dos partes, he caído en cuenta la necesidad de hacerse la siguiente interrogante: ¿por qué nos cuesta tanto aceptar la diversidad, lo distinto, lo no igual?, ¿por qué nos cuesta ser tolerantes?

Contrario a lo que muchos puedan pensar, creo firmemente que la intolerancia es parte de la naturaleza humana desde su génesis. Considero que nuestro excesivo personalismo, nos hace pensar que la verdad nuestra, es la verdad absoluta y debe superponerse a cualquier otra verdad de cualquier otra persona o grupo social. Éste exceso de confianza en nosotros mismos, y en lo que creemos, es una herencia biológica que durante un largo período de la humanidad se ha traducido en violencia por violencia. No nos engañemos, el hombre es violento por naturaleza y si hoy no es tan palpable como antes, se debe a que afortunadamente, la evolución de la sociedad ha ido reprimiendo estos instintos violentos nacidos en la intolerancia propia de nuestra humanidad. Sí, yo entiendo que pienses que en el pasado éramos personas más sanas, de mejores costumbres, más inocentes y menos depravadas. Sin embargo, éste pasado idílico no es del todo cierto; hace algunos pocos siglos matábamos sin miramientos a quien nos cayera mal, o acusábamos de brujo a nuestro vecino sin mayor prueba que nuestra palabra –sabiendo que lo llevaría a la muerte– o nos retábamos a duelo por ofensas irrisorias.
Entonces, si somos por naturaleza tan intolerantes, ¿cómo nace la tolerancia? No es necesario que bostecemos porque no colocaré ningún concepto complejo o citaré a algún autor de comentarios enrevesados para explicarlo; me limitaré a señalar que bajo mi perspectiva la tolerancia es una conveniencia social, que nace y existe para que vivamos en una sana convivencia; para que no nos matemos por cualquier tontería, ¡vaya! Puesto esto así, la tolerancia (que existe cuando la educación en una sociedad es adecuada) es un arma valiosísima en la sociedad moderna y que nos ayudaría a eliminar un sin número de desigualdades y conflictos bobos que todos los días germinan y explotan en distintas partes del país y del mundo.

Ahora, si le sumamos a la intolerancia propia de nuestros instintos más básicos, la intransigencia del dogma de una religión en particular, de una ideología radical, de una xenofobia a ultranza, de hinchajes pandillerezcos o de misoginia desfachatada; estamos formando una combinación peligrosísima que desafortunadamente ha sido el detonante de muchas injusticias, muertes y desmanes en el pasado, ya sea en la figura de los homicidios del Ku Klux Klan como la masacre de Greensboro,  o en las muertes que dejan regadas los conflictos eternos entre barras bravas como la muerte de Walter Oyarce, la caza de brujas de la justicia clerical en nombre de un Dios vengativo o la intolerancia palpable que hasta hace algunas décadas se profesaban contra las mujeres que luchaban por igualdad de oportunidades. Estas pequeñas muestras de intolerancia excesiva, nos enseña que la historia de la humanidad está salpicada de injusticias ya sea por ignorancia, por fanatismo o por una mezcla de ambos; pero que afortunadamente, pese a todo y pese a muchos, la sociedad sigue avanzando en pos de la represión de estos instintos inútiles, convirtiéndose la sociedad en una sociedad un tanto menos intratable.

Aterrizando un poco en el contexto actual, hoy asistimos a una saturación de discursos recalcitrantes y extremistas, en donde el debate de ideas ha quedado relegado ante una guerrilla de ataques y contra ataques, en donde los instintos de la intolerancia han salido a borbotones. No interesa ya si soy capaz de ganar un debate de ideas, no interesa ninguna discusión en donde al exponer posturas podamos ser capaces de transformar nuestras verdades particulares en verdades más robustas, despejando las mentiras propias de los fundamentalismos; aquí no cabe la posibilidad de corregir el error, no existe posibilidad de que alguien salga a decir que ya comprendió que estaba errado y que corrige su postura por un fin superior. Aquí lo único que cabe es que tu postura se imponga, ya sea con mentiras, insultos, discursos de odio, burlas, agresiones o cualquier estropicio que se te ocurra. ¿Sirve de algo mostrar tanta intransigencia?, me temo que no. La consecuencia lógica de la intransigencia es una mayor separación de sectores de la sociedad que pueden desencadenar no solo en una mayor incomprensión hacia los distintos, sino que puede llegarse al punto que las amenazas se conviertan en hechos y las agresiones físicas y asesinatos se instalen de pronto, originadas por las apologías a la intolerancia total que se viene dando incluso en medios de comunicación.

Por último, intuyo que te estás preguntando de qué lado de la vereda de la discusión estoy. Eso me temo, merecerá líneas aparte, dado que amerita un análisis profundo y correcto de lo que se discute. Por lo pronto, los llamo a la reflexión, sigamos la senda de la evolución de la sociedad, comprendamos que no todos pueden ser como nosotros, o no a todos les tiene que gustar lo que a ti o a mi nos agrada y por sobre todo, no todos tienen porqué pensar como tú.

Visto en emaze.com 






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