domingo, junio 24

¿Qué es el amor?


¿Alguna vez te has enamorado? Le preguntó con interés, mientras veía como se colocaba nuevamente la ropa interior con paciencia. Él dudó en responder. Después de ocho meses de sexo sin compromiso, ¿era acaso que ella comenzaba a enamorarse y por eso le hacía esa pregunta? La miró con una sonrisa dudosa y tomando consciencia de lo que estaban haciendo, despejó sus dudas y le respondió.

- ¿Acaso tú sabes lo que es el amor? Yo no sé qué es, y a pesar que he sentido muchas veces tenerlo entre mis manos como algo tangible, al parpadear se desvanece como una burbuja de jabón. Algunas ocasiones son burbujas pequeñas que causan un pequeño cosquilleo al desaparecer, otras veces, son tan enormes que al explotar expulsan sus cristales de jabón y agua salpicándote entero. Créeme que cuesta trabajo limpiarse de esas esquirlas, sobre todo porque algunas terminan muy dentro de uno.
- Sigues sin responderme –lo interrumpió ella mirando al techo, luego volteó a verlo– ha pasado casi un año y sigues sin abrir tu corazón.

- Te pregunto si sabes lo que es el amor, porque sólo definiéndolo puedes identificar si alguna vez lo alcanzaste o no. Como te decía, no estoy seguro de lo que es, por tanto no sé si alguna de las tantas veces que me ilusioné puede relacionarse con un amor verdadero, o acaso fueron ilusiones que entretuvieron mis sentimientos, mi realidad, mi percepción. Puede haber sido la necesidad de no sentirse solo también. Somos humanos y queremos siempre estar acompañados, queremos siempre estar relacionados, necesitamos estar conectados con las demás personas, sean amistades, familia, o la pareja.

- Mientes –le dijo mirándolo con melancolía– Tú amabas a Karen. Ambos sabemos todo lo que hiciste por seguir junto a ella.

- ¿Y crees que eso era amor? –le respondió con brusquedad–

- Sí. Yo vi como te desvivías por ella. Vi los detalles que le hacías. Vi cómo sufrías cuando ella se alejaba. Te escuché en el teléfono llorar varias veces por ella. Eras como un niño perdido en su primer día de clases, llorando porque su mamá no estaba y pensabas que la habías perdido para siempre.

- Esa sensación de abandonó –maceró su dicción–. Es verdad, nunca en mi vida había derramado tantas lágrimas juntas. Era un sentimiento inmenso. Tan inmenso que no creo volver a sentir algo igual en toda mi vida. –Tomó una pausa–. ¿Recuerdas el terremoto del 2007? Ese día estaba ensayando en el colegio para un concurso de danzas. Cuando comenzó nadie se dio cuenta. Estábamos en pleno baile, con la música a todo volumen, concentrados en nuestros pasos y la alineación de la coreografía. Habrán pasado cinco o diez segundos cuando un compañero cayó de la nada al suelo. Quise reírme, creo que hasta abrí la boca para burlarme cuando sentimos al unísono el sacudón. Me caí. Otros no podían sostenerse en pie. De los pabellones escuchamos los gritos de las escolares mientras el suelo nos sacudía en un vaivén sin pausas. Vimos como el mástil de la bandera se ladeaba hasta que cayó a nuestro lado. Recuerdo el llanto de una profesora porque el portón estaba con llave y ella quería salir a pesar que el terremoto no había terminado de pasar. Dos putos minutos interminables. Fue un caos. El papá de mi mejor amigo falleció, compañeros de la catequesis se quedaron dentro de la Parroquia sin oportunidad a salir, a mi tío le cayó una pared encima. –Otra pausa–. ¿Has sentido esa conmoción alguna vez? Esa conmoción de estar viviendo tu vida de la manera más terrena posible y de pronto una hecatombe te arranca y envuelve en un vendaval. Eso fue lo que me pasó con Karen. Esa misma devastación es la que me envolvió en los seis meses que estuve con ella. ¿Parece poco, no? Pero hay relaciones que duran años y nunca pasa nada, viven su rutina y nada más. Pero ésta en su poco tiempo, me hizo ir y venir a la luna varias veces. Llegó a mi vida para desmentir todas las verdades que creía conocer del amor, de la vida, de la amistad, de la lealtad, de los valores. Karen llegó como el rumor de una ola tenue, bañando la playa con una fuerza pausada. Los primeros meses fueron hermosos, y estuve tan pletórico que no me di cuenta cómo iba cambiando mi vida conforme me dejaba influenciar por su presencia. Luego, la fuerza de las olas iba creciendo. Ya no eran débiles, se presentía su naturaleza destructora pero era un peligro controlado. Así pensaba yo, y como un mocoso en los juegos mecánicos, seguí entregándome sin rescoldos a la vivencia de subir a una máquina de entretención salvaje, esas que te vapulean sin sentido, sin poder controlar la sensación de vacío en tu cuerpo; aquellas donde te subes porque a pesar de las sensaciones, no hay peligro real. Todo está correctamente controlado. Por eso, ni las discusiones con los amigos, ni la diferencia con mi mamá, ni tus advertencias sirvieron. Me envicié. Su presencia se convirtió en algo insustituible. Cuando ya el remezón era genuinamente fuerte, había renunciado a todas mis seguridades y suprimiendo incluso mi propia dignidad, seguí a su lado, soportando y aceptando todo. Solamente para no separarme de ella, no perder el olor de su cabello, el aroma de su sexo, la fuerza de su desprecio. Cada día había algo nuevo que perdonar, una situación nueva que tolerar, un hecho nuevo que me sorprendía. Hasta que opté por desconectar mi escala de valores, terminé aceptando que la única forma de seguir con ella era sucumbir a su manera tan bizarra de comportarse, y aun así yo era para ella un instrumento reemplazable. Por eso el llanto. Por eso me sentía huérfano; porque a pesar de darle todo, de permitirle todo, de perdonarle todo y de amarla con mi vida entera; no entendía porque ella se empeñaba en no darme el amor que me soltaba a migajas. No entendía porque me reemplazaba cada vez que podía con alguien más, no entendía porque me obligaba a realizar actos impensados meses atrás, no entendía por qué no me amaba. Había leído de amores tóxicos con cierta inquietud, pero nunca hasta ahora hubiera imaginado que iba a vivir uno así. Un amor de mierda.

- Pero lo superaste –le dijo mientras limpiaba una lágrima que escapaba por los ojos de él-

- Sí. Aunque siento he dejado una parte de mi vida en esa historia. Una muy grande. No volveré a vivir un amor así nunca más. Y no porque sea un deseo propio. Es porque es imposible volver a vivir algo de esta magnitud.

- ¿Y esto qué es? –le respondió con una media sonrisa, para relajar la tensión–

- Somos cómplices. Desde esa noche lluviosa en la que nos deshicimos de ella para siempre. Somos cómplices. Y no hay vuelta atrás.




jueves, agosto 24

El sendero de los difuntos (tercera y última parte)

El eclipse se cerró por completo, dejando en lo alto del cielo negro, una corona de fuego roja; visible pero intrascendente, dado que su luz sólo alcanzaba para alumbrar su propia existencia. La oscuridad se plantó de lleno en el ámbito del cementerio; cubriendo de irrealidad todo lo que contenía. El tiempo se detuvo en una eternidad insondable. Colapsó la realidad en un instante aciago; fusionándose los hechos palpables con universos paralelos. Se abrió un abanico de posibilidades aleatorias, donde lo lógico y racional, poco tenían que ver con lo perceptible por los sentidos.

Miguel sintió entonces, una transformación en su ser. Se sintió ligero, volátil, inmaterial. Capaz de transitar los mil doscientos metros cuadrados de planicie irregular, con la sola fuerza de su pensamiento y en un parpadeo de tiempo. De hecho, lo intentó. Pero al hacerlo volvió a percibir la terrorífica realidad de la mano gélida que lo asía con firmeza. No la veía. Quemaba. ¿Era real? No podía establecer si la aprehensión era física o mental. ¿Acaso todo era una alucinación?

Miguel cerró los ojos para escapar de la confusión y sentirse más tranquilo. La oscuridad era la misma. Volvió a abrirlos. Los cerró nuevamente. Abrió y cerró sus párpados con el frenesí de la desesperación. No había diferencias. La oscuridad era tal que no diferenciaba si tenía los párpados abiertos o cerrados. Su crispación fue creciendo y cuando pequeñas lágrimas de desesperación intentaron asomarse por sus ojos, el frío ardor que mantenía atado su brazo, se desprendió. Comenzó a dar pasos timoratos.

Omnipresente por la oscuridad, se sintió en todas partes. Partió de todos lados y se dirigió a todos los lugares del cementerio. En el tránsito, tropezó muchas veces consigo mismo, sólo para darse cuenta que era uno y era todos. De pronto, la sensación de ligereza se interrumpió y lo difuso de su cuerpo se concentró nuevamente. Ya no era una mano la que lo cogía con furia, ¿eran dos?, ¿tres?, ¿cuatro?, ¿veinte? Eran más y cada vez más. Aparecían amedrentando su paso. Ansiosas de su corporeidad, lo sorprendían por cada parte de su cuerpo: sus hombros, su ombligo, sus piernas, sus pies, su pelvis, su rostro, su voz. Miguel saboreaba en cada tacto, la necesidad viciosa de aquellas ánimas, necesidad de ser parte de él y recuperar un pedazo ínfimo de vida, aun sabiendo que el pellejo que rasgaban era distinto al que alguna vez los cubrió en vida.

Tiritando de frío, similar al que experimentan los moribundos antes de morir, se detuvo por fin frente a la inmensa oscuridad. ¿Había avanzado siquiera? Sí. Era una oscuridad distinta. En aquella oscuridad se encontraba su padre enterrado. Inerte y consumido en polvo dentro de su tumba. Su corazón chapoteó ante la inminencia de la confrontación. Cerró los puños y anduvo otro paso a pesar de no saber si avanzaba o retrocedía. Otro más. Iba a dar un tercero cuando sus pupilas reaccionaron a una luz inerte, cegadora, la cual lo deslumbró al instante. Al recuperarse, Miguel se observó reflejado en una imagen espectral. Era él mismo a través de un espejo. Se miró desafiante, con los puños cerrados y el cuerpo desnudo. Su desnudez palpitaba como un nervio gigante, irritado de dolor. En todo su cuerpo se dibujaban múltiples escisiones al rojo vivo. Miguel se palpó imitando los movimientos de su reflejo. Descubrió que en efecto estaba desnudo y mal herido. Descubrió también que las heridas dolían al ser tocadas y se volvían imperceptibles al sacar sus dedos de las llagas. Por último, intentó cerrar los ojos nuevamente y así escapar de esta pesadilla. Su reflejo también los cerró. Se observaron por debajo de los párpados tristes y asustados. Miguel enloqueció.

«Te odio» -se escuchó en el vacío.
«Te odio» -repitió aquella voz, en forma de susurro.
«¿Papá?», se animó a preguntar Miguel, reprimiendo la incontinencia de emociones que lo cubría. «¿Eres…?»
«¡No!», le interrumpió, aquella voz pronunciada ahora sí con decisión, denotando su cadencia infantil, curiosa, exacta.
Miguel abrió sus ojos sorprendidos. Reconoció la voz al instante, aunque tardó algunos segundos en identificar a quien le pertenecía. Buscó en su memoria. La encontró. La certeza de saber de quien se trataba, obligó nuevamente a Miguel, buscar en su memoria por si se trataba de un error. Sin embargo, en pleno afán, Miguel oyó nuevamente la voz infantil susurrándole claramente a su oído «Me abandonaste Micky»

«Pepito» dijo Miguel, mientras las lágrimas escurrían desde sus ojos, su rostro, su cuello, su pecho, sus piernas, sus manos, sus rodillas, su espalda. El llanto se filtraba por cada una de las llagas de su cuerpo que ahora lloraban con él. «¿Qué haces aquí?», se animó a preguntarle, buscándolo con la mirada en la penumbra insondable. No hubo respuesta. El niño que había desaparecido cinco años atrás en una playa del litoral, no volvió a pronunciarse aquella noche. Dejó en su silencio, una estela de respiraciones agitadas y sucesivas que exasperó los nervios de Miguel al punto de explotar en una disculpa tardía. «No fue mi culpa», sostuvo en lo alto; no tanto por haber permitido aquella tarde que él entrase al mar sólo a sus seis años; sino por haber olvidado a su amigo, después de la sexta noche consecutiva en la que no lo encontraron.

Una cruz de madera con el nombre de José Villafuerte apareció ante los ojos de Miguel. La distinguió apenas se abrió una rendija de luz que escapaba del cielo. La luz que germinó desde lo alto poniendo fin al eclipse, deslumbró a Miguel cegándolo para siempre. Por último cayó de bruces inconsciente.
A la mañana siguiente, Miguel fue encontrado casi despedazado por las magulladuras en todo su cuerpo. Desnudo e inconsciente, siguió vagando entre sueños en el sendero de los difuntos. Un sendero infinito de sombras y redención.

FIN




viernes, agosto 18

El sendero de los difuntos (Segunda parte)

Una vez despierto, Miguel saboreó la sensación descorazonada de ver a su padre siendo digerido por pequeños bichos de ultratumba. Aquella vívida imagen lo acompañó las tres primeras horas del día, olvidando la trascendencia del mensaje recibido. Sin embargo, una vez repuesto, y con el transcurrir de la cotidianeidad del día, la imagen perdió su efecto terrorífico, y en cambio se hizo más palpable la voz de su padre llamándolo. A las nueve de la mañana, Miguel ya había decidido ir al cementerio en búsqueda de una respuesta que sabía de antemano no iba a encontrar. No obstante, pensó que al menos así sus ansias lo dejarían en paz.

Antes de salir, se dedicó las siguientes dos horas a trabajar cavando un silo en la parte trasera de su casa. Lo venía excavando durante la última semana, y aprovechó el esfuerzo físico para pastorear su impaciencia alborotada. A pesar de su esfuerzo, avanzó poco. Consciente de su improductividad, cogió un balde de agua y se mal bañó aventándose chorros de agua con la ayuda de una taza de plástico, sintiendo aún la frescura de una mañana sin sol.

A las dos de la tarde, a Miguel sólo le faltaban veinte minutos de recorrido. El camino al cementerio era pesado incluso sin calor, debido a la enorme cantidad de arena a recorrer siempre cuesta arriba. La inminencia de su llegada hizo vacilar la decisión de ir a ver la tumba de su padre, por lo que buscó una distracción mientras reunía el valor suficiente. Se internó entre los arbustos secos y las piedras puntiagudas, que adornaban los alrededores del sendero. Al caminar distraídamente por entre los matojos de hierbas secas, se percató de una pequeña lagartija que lo miró sin observarlo. Se escondió al instante, con un solo movimiento, en un conjunto de plantas disecadas a la derecha de él. Miguel aún lo tenía en la mira por lo que se ladeó a su derecha con la intención de atraparlo. Al acercarse, pisó sin intención un trozo de botella, asustando al animal que corrió a un arbusto de mayor tamaño a unos metros de distancia. No se amilanó. Ya antes había cazado lagartijas en compañía de sus amigos. Lo rodeaban para aminorar las vías de escape, y siempre sigilosos lo cogían con la naturalidad de un zarpazo. Sin embargo, esta vez era distinto. No tenía a nadie para cubrir la parte posterior del arbusto, así que para evitar el sonido de sus pisadas se retiró las sandalias. Acostumbrado a caminar descalzo por la arena caliente, se acercó con sigila, rodeando el arbusto con la intención de observar a la lagartija camuflada. No la vio. Recorrió tres veces el matojo con paciencia y sin prisas. Siguió sin encontrarla. «Ya se escapó», se dijo a si mismo con desaliento. Sacudió el arbusto con fuerza. Nada. Rebuscó por último al fondo del arbusto con sus manos desnudas y lo único que pudo rescatar fueron pequeñas partículas de vidrio mezclado con pedazos de plástico azul.

«El viento trae estas cosas» pensó mientras se sentaba al borde de una piedra caliente. Lo dijo pensando en el vidrio roto, pero apenas materializaba sus pensamientos en palabras, un fuerte resoplido frío y feroz, recorrió el cerro entero; remeciendo el suelo, las piedras sueltas, los arbustos, su camisa y sus piernas. Un escalofrío escarapeló su torso desnudo. «Qué raro» murmuró mientras se ponía de pie buscando sus sandalias. El golpe de frescura lo sacó del ensimismamiento del arbusto y la lagartija. Se sorprendió a sí mismo alejado del sendero de los difuntos y cuando quiso orientarse para reencontrar su camino, se topó con el sol vigilante, más amarillo que nunca. Miguel observó impávido al sol de siempre con una diferencia apocalíptica. Restregó sus ojos con impaciencia y al intentar observar nuevamente el sol, cubriéndose con su mano para no deslumbrarse; confirmó que la primera impresión no había sido una alucinación. Una pequeña mancha oscura se dibujaba en la parte superior del astro. Aunque, ¿era la misma mancha? De haberse encontrado acompañado, Miguel habría jurado que antes la vio más pequeña y ahora parecía haber crecido, ¿un centímetro? No le dio tiempo a aclarar esta duda, porque frente a sus ojos, la mancha volvió a avanzar como una plaga de oscuridad carcomiendo la luz.

«Pero, qué mierda», gritó sin ser escuchado. Asoció sin querer el recuerdo de su padre con las cuencas de ojos vacías y el sol siendo devorado por una oscuridad cósmica. Miguel corrió con desesperación en una dirección no establecida. Primero a la derecha, luego a la izquierda, otra vez a la derecha cada vez más rápido. Quiso bajar, empezando a subir sin darse cuenta. El temor iniciático no le permitía pensar con claridad. La adrenalina en vez de aclarar sus acciones, hizo que sus pensamientos se atropellasen entre sí. Intentó encontrar una explicación al anochecer repentino. No la encontró. De todas formas, nunca nadie le había explicado los conceptos básicos de un eclipse. Tampoco había visto el noticiero de la mañana, porque su televisor llevaba dos semanas descompuesto. Así que, víctima de su ignorancia, siguió corriendo sin pausas ni orientación. Por fin, se detuvo cinco minutos más tarde. Jadeante, con el corazón desbocado y los pies ardientes saboreó el miedo inyectado en todo su cuerpo a través de la sangre. Sintiendo sus latidos traspasar su cuerpo, miró como anochecía a las dos y cuarenta de la tarde.

El calor se había evaporado con la naciente oscuridad. Obligó a Miguel, colocarse nuevamente la camisa en su torso. No se la abotonó a pesar de intentarlo. La torpeza de sus dedos no lo dejaban. «¡Mierda, mierda, mierda!» repetía sin cesar, ahora arrastrando sus pasos con precaución. Pensó en su mamá. ¿Estaría pasando lo mismo en su casa? ¿Este es el fin? ¿Lo que decía el pastor de los domingos era cierto? ¿Acaso moriré? Las interrogantes lo asaltaban aleatoriamente y antes de encontrar cualquier respuesta razonable, se percató que se había detenido frente a una cruz de madera.

Había llegado al cementerio clandestino sin proponérselo. La impresión de haber encontrado el camino a pesar de ya no buscarlo, le produjo una debilidad inmediata en su estómago. Caminó un poco más y observando la planicie del cementerio, identificó a lo lejos la tumba de su padre; adornado con flores deshidratadas y una cruz de cemento. La observó por poco tiempo, y contrario a sus dudas iniciales, se sintió reconfortado al estar cerca de su padre en circunstancias tan inusuales. Comenzó a acercarse con cuidado. Alcanzó a dar tres pasos,  cuando de pronto, la oscuridad se cerró por completo en un golpe de gracia, asentándose en todo el ámbito de la planicie. A Miguel se le encogió el alma en un puño, al sentir que en medio de la oscuridad profunda, sorpresivamente una mano gélida cogió su brazo.

Continuará




viernes, agosto 11

El sendero de los difuntos

El sopor del mediodía rebosaba completamente la incipiente tarde del trece de enero. El sol recalentaba la arena de la superficie. Su temperatura irradiada en el aire, producía una sofocación sudorosa en todo el ámbito de la invasión. A pesar que Miguel se había quitado la camisa, no lograba evitar que su espalda trigueña, delgada y huesuda, sudara al compás de su frente, mientras rayos amarillos lo cubrían entero al avanzar por el camino estrecho de arena y olvido desde su casa al cementerio. Se detuvo un momento para respirar sin dificultad y volteó observando con curiosidad lo que dejaba a sus pies. A lo lejos, las casas de la invasión parecían pequeñas cajas de fósforo mal ordenadas. Incrustadas todas ellas como pequeños insectos en una fruta, intentando aprovechar lo máximo de su estancia efímera, sabiendo que su presencia era prestada y podía ser desterrada en cualquier momento.

Miguel lamentó no haberse puesto un gorro para la caminata. Tentándose la frente, se asustó por el calor que irradiaba. Regresar, después de cuarenta minutos caminando por un sendero empinado, era una osadía que no se atrevió a pensar. El sol lo había sorprendido hace poco. Al salir de casa, las nubes todavía cubrían el cielo raso. Sin embargo, en plena caminata, la atmósfera se despejó de cuajo con la fuerza inesperada del viento. Miguel, se preguntó si acaso la salida del sol se limitaba a ese pedazo de tierra. -En la invasión aún seguirá nublado- pensó con impaciencia. Inquieto por su molestia, levantó su camisa descolorida y la colocó por sobre su cabeza, cubriendo así su rostro, cabeza y cuello del sol implacable que lo golpeaba de lleno. Acomodó sus pies deshidratados con las sandalias gastadas y siguió andando por el sendero de los difuntos, mientras sentía el fastidio de la arena y de pequeñas partículas de piedra que se incrustaban en la planta del pie.

El sendero de los difuntos era un camino asentado por el andar continuo de las personas. El camino comunicaba las últimas casas de lo más alto de la invasión asentada en una loma de arena de la desbordada capital metropolitana, con un cementerio improvisado, apostado al otro lado del cerro. Para llegar, debía caminarse hora y media con un andar ligero por entre arena y piedras siempre yendo hacia arriba hasta encontrar una roca en forma de huevo, distinguible de las demás por las escrituras íntimas de amantes bizarros, que perpetuaban su amor en lo inverosímil de una piedra. El granito anunciaba el fin del camino empinado y el comienzo de la bajada. Desde ahí ya podía observarse una enorme planicie de mil doscientos metros cuadrados, ligeramente desnivelada en sus extremos, en donde los vientos encontrados le daban un aspecto de confusión triste. Al menos ciento trece personas habían sido enterradas en seis años y medio de uso. Todas ellas habitantes de la invasión, quienes a falta de mejor oportunidad fueron sepultados por sus familiares en la gratuidad de un cementerio clandestino.

Miguel lo recorrió por primera vez, ocho meses atrás tras la muerte de su padre. La primera impresión del camino polvoriento acompañando la caja mortuoria, fue de devastación absoluta. Aquella devastación caló en él como un sello indeleble que a partir de entonces cargó sobre sus hombros como una penitencia inmerecida. La muerte de su padre fue un trauma en sí mismo por las circunstancias sangrientas en las que ocurrió; por lo que acompañar el rígido cuerpo de su padre durante dos horas de caminata y otra hora de descansos alternados, fue una pequeña muerte de los últimos rezagos de su felicidad infantil, la cual soportó en silencio. Luego de esa experiencia, Miguel había visitado la tumba de su padre tres veces, siempre acompañando a su madre en las tardes tristes. Sin embargo, aquél día se sorprendió a sí mismo haciendo el camino por iniciativa propia, acompañado de una sensación de ansiedad que lo colmaba entero y lo animaba a avanzar a pasos ligeros durante algunos minutos, para luego caminar parsimonioso mientras se debatía entre pensamientos erráticos.

La decisión de su visita era producto de una inspiración clarividente. Le llegó aquella mañana al despertar sobresaltado por la palpitación vigente de haber vivido una extensión de la realidad en un sueño aciago. Soñó con su padre. Desde su muerte, Miguel no había soñado con él a pesar de haberlo deseado. Esta vez lo vio nítido y sereno con la camisa amarillenta y la corbata mal anudada con la que había sido enterrado. Estaba sentado encima de su nicho, en la planicie del panteón, agitado por un viento helado que movía su cabellera reseca. Apenas sintió la llegada de su hijo, lo miró a través de sus cuencas vacías, y le dijo con una voz clara y terrenal: «ven, te necesito». Al hacerlo, distraídamente sacaba de su cuerpo pequeños gusanos de la muerte, que lo devoraban con paciencia de adentro hacia afuera, sabiendo que tenían la batalla ganada por la fuerza de su propia naturaleza. «No demores» sentenció don Saúl, antes de que Miguel despertará sobresaltado en la ambigüedad de las cinco de la mañana.

Continuará...




miércoles, julio 12

Hombrecito sin luz

Distante por el sendero camina un hombrecito sin luz. Recorre el camino agazapado, ensimismado, escondiéndose del día, con las cuencas de los ojos desorbitados; intentando –mientras camina- separar las ideas racionales de las fantasiosas. No es fácil. Se ha encontrado inmerso en una fantasía utópica que lo ha consumido entero y casi lo deja sin vida, o quizás sigue ahí, o quizás nunca estuvo ahí físicamente, o quizás ya murió y quien camina es su recuerdo; seguramente su vida nunca estuvo en peligro; aunque lo más probable es que mitad de su alma siga en aquella vorágine de fuego, luz y oscuridad.

El hombrecito sin luz no es mayor de 25 años; a pesar de ello, su aspecto desgarbado, sombrío, menudo, con ojeras profusas y ennegrecidas por la constante vigilia que ha soportado el último año tras sus delirios constantes; lo hace verse como un anciano en franco desvarío. Sus piernas otrora saludables, son ahora escuálidas y paulatinamente han empezado a separarse una de la otra dándole una apariencia caricaturesca y de constante desequilibrio. ¡Se va a caer!

Por fin se detuvo. Después de catorce horas caminando (huyendo), se ha detenido al pie de una laguna turquesa, que dibuja su reflejo con especial rencor, porque a pesar de mostrar a la perfección el reflejo de su cuerpecito menudo, su rostro permanece oculto. Preocupado, se cambia de posición e incluso acerca su cara al agua, rozando su barbilla con el frescor del manantial, pero su rostro sigue sin aparecer; en cambio, un parche oscuro parecía haberse impregnado por encima de su cuello. “Sigo alucinando” pensó con recelo el hombrecito sin luz. “Mi rostro está aquí” se dijo a si mismo, mientras palpaba con sus manos, su faz llena de vello capilar, producto de no haberse afeitado quién sabe desde cuándo.

El hombrecito sin luz se ha dormido al pie del lago. Al estar sin luz, sus sueños se le han escapado; no los puede contener dentro de sí y sus ensoñaciones han comenzado a proyectarse alrededor de él inconscientemente. Los huerequeques, en su recorrido nocturno habitual lo han visto roncar y compadecidos por el sueño profuso del hombrecito, han pasado en silencio, no sin antes divertirse con las jocosas situaciones proyectadas desde el sueño del hombrecito. Lo han visto bailando un huainito, lo han visto borracho cantando en quechua con llanto en los ojos, lo han visto tartamudeando ante una mujer desnuda allende cuando era adolescente.

¿Y la luz? ¿Alguien sabe dónde está la luz? Ni siquiera el hombrecito sabía dónde se había quedado su luz; de hecho, ni él mismo sabía de la evaporación de su luz. ¿Qué sabía de todos modos el hombrecito sin luz? Si apenas era capaz de recordar ­el suceso. Así es, el hombrecito sin luz también había perdido la capacidad de recordar. A pesar de llevar un año en esta penosa situación, sólo recordaba la noche en la que, saliendo de la fiesta de San Juan, se había encontrado de bruces con aquella fantasía utópica (o distópica) ¡Oh aquella fantasía!, la sentía tan palpable, y hasta saboreaba sus sensaciones iniciáticas cada mañana; luego, las otras sensaciones, las del desenlace más bien le causaban escalofríos. Por eso él seguía escapando. No sabía entonces que llevaba un año escapando, aunque por sus propios desvaríos su huida se limitada a un andar y desandar por los mismos senderos que lo perdieron en el monte.

¿Y tú? ¿Qué consideras ha sucedido para que el hombrecito se quedara sin luz?




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