jueves, agosto 24

El sendero de los difuntos (tercera y última parte)

El eclipse se cerró por completo, dejando en lo alto del cielo negro, una corona de fuego roja; visible pero intrascendente, dado que su luz sólo alcanzaba para alumbrar su propia existencia. La oscuridad se plantó de lleno en el ámbito del cementerio; cubriendo de irrealidad todo lo que contenía. El tiempo se detuvo en una eternidad insondable. Colapsó la realidad en un instante aciago; fusionándose los hechos palpables con universos paralelos. Se abrió un abanico de posibilidades aleatorias, donde lo lógico y racional, poco tenían que ver con lo perceptible por los sentidos.

Miguel sintió entonces, una transformación en su ser. Se sintió ligero, volátil, inmaterial. Capaz de transitar los mil doscientos metros cuadrados de planicie irregular, con la sola fuerza de su pensamiento y en un parpadeo de tiempo. De hecho, lo intentó. Pero al hacerlo volvió a percibir la terrorífica realidad de la mano gélida que lo asía con firmeza. No la veía. Quemaba. ¿Era real? No podía establecer si la aprehensión era física o mental. ¿Acaso todo era una alucinación?

Miguel cerró los ojos para escapar de la confusión y sentirse más tranquilo. La oscuridad era la misma. Volvió a abrirlos. Los cerró nuevamente. Abrió y cerró sus párpados con el frenesí de la desesperación. No había diferencias. La oscuridad era tal que no diferenciaba si tenía los párpados abiertos o cerrados. Su crispación fue creciendo y cuando pequeñas lágrimas de desesperación intentaron asomarse por sus ojos, el frío ardor que mantenía atado su brazo, se desprendió. Comenzó a dar pasos timoratos.

Omnipresente por la oscuridad, se sintió en todas partes. Partió de todos lados y se dirigió a todos los lugares del cementerio. En el tránsito, tropezó muchas veces consigo mismo, sólo para darse cuenta que era uno y era todos. De pronto, la sensación de ligereza se interrumpió y lo difuso de su cuerpo se concentró nuevamente. Ya no era una mano la que lo cogía con furia, ¿eran dos?, ¿tres?, ¿cuatro?, ¿veinte? Eran más y cada vez más. Aparecían amedrentando su paso. Ansiosas de su corporeidad, lo sorprendían por cada parte de su cuerpo: sus hombros, su ombligo, sus piernas, sus pies, su pelvis, su rostro, su voz. Miguel saboreaba en cada tacto, la necesidad viciosa de aquellas ánimas, necesidad de ser parte de él y recuperar un pedazo ínfimo de vida, aun sabiendo que el pellejo que rasgaban era distinto al que alguna vez los cubrió en vida.

Tiritando de frío, similar al que experimentan los moribundos antes de morir, se detuvo por fin frente a la inmensa oscuridad. ¿Había avanzado siquiera? Sí. Era una oscuridad distinta. En aquella oscuridad se encontraba su padre enterrado. Inerte y consumido en polvo dentro de su tumba. Su corazón chapoteó ante la inminencia de la confrontación. Cerró los puños y anduvo otro paso a pesar de no saber si avanzaba o retrocedía. Otro más. Iba a dar un tercero cuando sus pupilas reaccionaron a una luz inerte, cegadora, la cual lo deslumbró al instante. Al recuperarse, Miguel se observó reflejado en una imagen espectral. Era él mismo a través de un espejo. Se miró desafiante, con los puños cerrados y el cuerpo desnudo. Su desnudez palpitaba como un nervio gigante, irritado de dolor. En todo su cuerpo se dibujaban múltiples escisiones al rojo vivo. Miguel se palpó imitando los movimientos de su reflejo. Descubrió que en efecto estaba desnudo y mal herido. Descubrió también que las heridas dolían al ser tocadas y se volvían imperceptibles al sacar sus dedos de las llagas. Por último, intentó cerrar los ojos nuevamente y así escapar de esta pesadilla. Su reflejo también los cerró. Se observaron por debajo de los párpados tristes y asustados. Miguel enloqueció.

«Te odio» -se escuchó en el vacío.
«Te odio» -repitió aquella voz, en forma de susurro.
«¿Papá?», se animó a preguntar Miguel, reprimiendo la incontinencia de emociones que lo cubría. «¿Eres…?»
«¡No!», le interrumpió, aquella voz pronunciada ahora sí con decisión, denotando su cadencia infantil, curiosa, exacta.
Miguel abrió sus ojos sorprendidos. Reconoció la voz al instante, aunque tardó algunos segundos en identificar a quien le pertenecía. Buscó en su memoria. La encontró. La certeza de saber de quien se trataba, obligó nuevamente a Miguel, buscar en su memoria por si se trataba de un error. Sin embargo, en pleno afán, Miguel oyó nuevamente la voz infantil susurrándole claramente a su oído «Me abandonaste Micky»

«Pepito» dijo Miguel, mientras las lágrimas escurrían desde sus ojos, su rostro, su cuello, su pecho, sus piernas, sus manos, sus rodillas, su espalda. El llanto se filtraba por cada una de las llagas de su cuerpo que ahora lloraban con él. «¿Qué haces aquí?», se animó a preguntarle, buscándolo con la mirada en la penumbra insondable. No hubo respuesta. El niño que había desaparecido cinco años atrás en una playa del litoral, no volvió a pronunciarse aquella noche. Dejó en su silencio, una estela de respiraciones agitadas y sucesivas que exasperó los nervios de Miguel al punto de explotar en una disculpa tardía. «No fue mi culpa», sostuvo en lo alto; no tanto por haber permitido aquella tarde que él entrase al mar sólo a sus seis años; sino por haber olvidado a su amigo, después de la sexta noche consecutiva en la que no lo encontraron.

Una cruz de madera con el nombre de José Villafuerte apareció ante los ojos de Miguel. La distinguió apenas se abrió una rendija de luz que escapaba del cielo. La luz que germinó desde lo alto poniendo fin al eclipse, deslumbró a Miguel cegándolo para siempre. Por último cayó de bruces inconsciente.
A la mañana siguiente, Miguel fue encontrado casi despedazado por las magulladuras en todo su cuerpo. Desnudo e inconsciente, siguió vagando entre sueños en el sendero de los difuntos. Un sendero infinito de sombras y redención.

FIN




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