viernes, agosto 18

El sendero de los difuntos (Segunda parte)

Una vez despierto, Miguel saboreó la sensación descorazonada de ver a su padre siendo digerido por pequeños bichos de ultratumba. Aquella vívida imagen lo acompañó las tres primeras horas del día, olvidando la trascendencia del mensaje recibido. Sin embargo, una vez repuesto, y con el transcurrir de la cotidianeidad del día, la imagen perdió su efecto terrorífico, y en cambio se hizo más palpable la voz de su padre llamándolo. A las nueve de la mañana, Miguel ya había decidido ir al cementerio en búsqueda de una respuesta que sabía de antemano no iba a encontrar. No obstante, pensó que al menos así sus ansias lo dejarían en paz.

Antes de salir, se dedicó las siguientes dos horas a trabajar cavando un silo en la parte trasera de su casa. Lo venía excavando durante la última semana, y aprovechó el esfuerzo físico para pastorear su impaciencia alborotada. A pesar de su esfuerzo, avanzó poco. Consciente de su improductividad, cogió un balde de agua y se mal bañó aventándose chorros de agua con la ayuda de una taza de plástico, sintiendo aún la frescura de una mañana sin sol.

A las dos de la tarde, a Miguel sólo le faltaban veinte minutos de recorrido. El camino al cementerio era pesado incluso sin calor, debido a la enorme cantidad de arena a recorrer siempre cuesta arriba. La inminencia de su llegada hizo vacilar la decisión de ir a ver la tumba de su padre, por lo que buscó una distracción mientras reunía el valor suficiente. Se internó entre los arbustos secos y las piedras puntiagudas, que adornaban los alrededores del sendero. Al caminar distraídamente por entre los matojos de hierbas secas, se percató de una pequeña lagartija que lo miró sin observarlo. Se escondió al instante, con un solo movimiento, en un conjunto de plantas disecadas a la derecha de él. Miguel aún lo tenía en la mira por lo que se ladeó a su derecha con la intención de atraparlo. Al acercarse, pisó sin intención un trozo de botella, asustando al animal que corrió a un arbusto de mayor tamaño a unos metros de distancia. No se amilanó. Ya antes había cazado lagartijas en compañía de sus amigos. Lo rodeaban para aminorar las vías de escape, y siempre sigilosos lo cogían con la naturalidad de un zarpazo. Sin embargo, esta vez era distinto. No tenía a nadie para cubrir la parte posterior del arbusto, así que para evitar el sonido de sus pisadas se retiró las sandalias. Acostumbrado a caminar descalzo por la arena caliente, se acercó con sigila, rodeando el arbusto con la intención de observar a la lagartija camuflada. No la vio. Recorrió tres veces el matojo con paciencia y sin prisas. Siguió sin encontrarla. «Ya se escapó», se dijo a si mismo con desaliento. Sacudió el arbusto con fuerza. Nada. Rebuscó por último al fondo del arbusto con sus manos desnudas y lo único que pudo rescatar fueron pequeñas partículas de vidrio mezclado con pedazos de plástico azul.

«El viento trae estas cosas» pensó mientras se sentaba al borde de una piedra caliente. Lo dijo pensando en el vidrio roto, pero apenas materializaba sus pensamientos en palabras, un fuerte resoplido frío y feroz, recorrió el cerro entero; remeciendo el suelo, las piedras sueltas, los arbustos, su camisa y sus piernas. Un escalofrío escarapeló su torso desnudo. «Qué raro» murmuró mientras se ponía de pie buscando sus sandalias. El golpe de frescura lo sacó del ensimismamiento del arbusto y la lagartija. Se sorprendió a sí mismo alejado del sendero de los difuntos y cuando quiso orientarse para reencontrar su camino, se topó con el sol vigilante, más amarillo que nunca. Miguel observó impávido al sol de siempre con una diferencia apocalíptica. Restregó sus ojos con impaciencia y al intentar observar nuevamente el sol, cubriéndose con su mano para no deslumbrarse; confirmó que la primera impresión no había sido una alucinación. Una pequeña mancha oscura se dibujaba en la parte superior del astro. Aunque, ¿era la misma mancha? De haberse encontrado acompañado, Miguel habría jurado que antes la vio más pequeña y ahora parecía haber crecido, ¿un centímetro? No le dio tiempo a aclarar esta duda, porque frente a sus ojos, la mancha volvió a avanzar como una plaga de oscuridad carcomiendo la luz.

«Pero, qué mierda», gritó sin ser escuchado. Asoció sin querer el recuerdo de su padre con las cuencas de ojos vacías y el sol siendo devorado por una oscuridad cósmica. Miguel corrió con desesperación en una dirección no establecida. Primero a la derecha, luego a la izquierda, otra vez a la derecha cada vez más rápido. Quiso bajar, empezando a subir sin darse cuenta. El temor iniciático no le permitía pensar con claridad. La adrenalina en vez de aclarar sus acciones, hizo que sus pensamientos se atropellasen entre sí. Intentó encontrar una explicación al anochecer repentino. No la encontró. De todas formas, nunca nadie le había explicado los conceptos básicos de un eclipse. Tampoco había visto el noticiero de la mañana, porque su televisor llevaba dos semanas descompuesto. Así que, víctima de su ignorancia, siguió corriendo sin pausas ni orientación. Por fin, se detuvo cinco minutos más tarde. Jadeante, con el corazón desbocado y los pies ardientes saboreó el miedo inyectado en todo su cuerpo a través de la sangre. Sintiendo sus latidos traspasar su cuerpo, miró como anochecía a las dos y cuarenta de la tarde.

El calor se había evaporado con la naciente oscuridad. Obligó a Miguel, colocarse nuevamente la camisa en su torso. No se la abotonó a pesar de intentarlo. La torpeza de sus dedos no lo dejaban. «¡Mierda, mierda, mierda!» repetía sin cesar, ahora arrastrando sus pasos con precaución. Pensó en su mamá. ¿Estaría pasando lo mismo en su casa? ¿Este es el fin? ¿Lo que decía el pastor de los domingos era cierto? ¿Acaso moriré? Las interrogantes lo asaltaban aleatoriamente y antes de encontrar cualquier respuesta razonable, se percató que se había detenido frente a una cruz de madera.

Había llegado al cementerio clandestino sin proponérselo. La impresión de haber encontrado el camino a pesar de ya no buscarlo, le produjo una debilidad inmediata en su estómago. Caminó un poco más y observando la planicie del cementerio, identificó a lo lejos la tumba de su padre; adornado con flores deshidratadas y una cruz de cemento. La observó por poco tiempo, y contrario a sus dudas iniciales, se sintió reconfortado al estar cerca de su padre en circunstancias tan inusuales. Comenzó a acercarse con cuidado. Alcanzó a dar tres pasos,  cuando de pronto, la oscuridad se cerró por completo en un golpe de gracia, asentándose en todo el ámbito de la planicie. A Miguel se le encogió el alma en un puño, al sentir que en medio de la oscuridad profunda, sorpresivamente una mano gélida cogió su brazo.

Continuará




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