viernes, agosto 11

El sendero de los difuntos

El sopor del mediodía rebosaba completamente la incipiente tarde del trece de enero. El sol recalentaba la arena de la superficie. Su temperatura irradiada en el aire, producía una sofocación sudorosa en todo el ámbito de la invasión. A pesar que Miguel se había quitado la camisa, no lograba evitar que su espalda trigueña, delgada y huesuda, sudara al compás de su frente, mientras rayos amarillos lo cubrían entero al avanzar por el camino estrecho de arena y olvido desde su casa al cementerio. Se detuvo un momento para respirar sin dificultad y volteó observando con curiosidad lo que dejaba a sus pies. A lo lejos, las casas de la invasión parecían pequeñas cajas de fósforo mal ordenadas. Incrustadas todas ellas como pequeños insectos en una fruta, intentando aprovechar lo máximo de su estancia efímera, sabiendo que su presencia era prestada y podía ser desterrada en cualquier momento.

Miguel lamentó no haberse puesto un gorro para la caminata. Tentándose la frente, se asustó por el calor que irradiaba. Regresar, después de cuarenta minutos caminando por un sendero empinado, era una osadía que no se atrevió a pensar. El sol lo había sorprendido hace poco. Al salir de casa, las nubes todavía cubrían el cielo raso. Sin embargo, en plena caminata, la atmósfera se despejó de cuajo con la fuerza inesperada del viento. Miguel, se preguntó si acaso la salida del sol se limitaba a ese pedazo de tierra. -En la invasión aún seguirá nublado- pensó con impaciencia. Inquieto por su molestia, levantó su camisa descolorida y la colocó por sobre su cabeza, cubriendo así su rostro, cabeza y cuello del sol implacable que lo golpeaba de lleno. Acomodó sus pies deshidratados con las sandalias gastadas y siguió andando por el sendero de los difuntos, mientras sentía el fastidio de la arena y de pequeñas partículas de piedra que se incrustaban en la planta del pie.

El sendero de los difuntos era un camino asentado por el andar continuo de las personas. El camino comunicaba las últimas casas de lo más alto de la invasión asentada en una loma de arena de la desbordada capital metropolitana, con un cementerio improvisado, apostado al otro lado del cerro. Para llegar, debía caminarse hora y media con un andar ligero por entre arena y piedras siempre yendo hacia arriba hasta encontrar una roca en forma de huevo, distinguible de las demás por las escrituras íntimas de amantes bizarros, que perpetuaban su amor en lo inverosímil de una piedra. El granito anunciaba el fin del camino empinado y el comienzo de la bajada. Desde ahí ya podía observarse una enorme planicie de mil doscientos metros cuadrados, ligeramente desnivelada en sus extremos, en donde los vientos encontrados le daban un aspecto de confusión triste. Al menos ciento trece personas habían sido enterradas en seis años y medio de uso. Todas ellas habitantes de la invasión, quienes a falta de mejor oportunidad fueron sepultados por sus familiares en la gratuidad de un cementerio clandestino.

Miguel lo recorrió por primera vez, ocho meses atrás tras la muerte de su padre. La primera impresión del camino polvoriento acompañando la caja mortuoria, fue de devastación absoluta. Aquella devastación caló en él como un sello indeleble que a partir de entonces cargó sobre sus hombros como una penitencia inmerecida. La muerte de su padre fue un trauma en sí mismo por las circunstancias sangrientas en las que ocurrió; por lo que acompañar el rígido cuerpo de su padre durante dos horas de caminata y otra hora de descansos alternados, fue una pequeña muerte de los últimos rezagos de su felicidad infantil, la cual soportó en silencio. Luego de esa experiencia, Miguel había visitado la tumba de su padre tres veces, siempre acompañando a su madre en las tardes tristes. Sin embargo, aquél día se sorprendió a sí mismo haciendo el camino por iniciativa propia, acompañado de una sensación de ansiedad que lo colmaba entero y lo animaba a avanzar a pasos ligeros durante algunos minutos, para luego caminar parsimonioso mientras se debatía entre pensamientos erráticos.

La decisión de su visita era producto de una inspiración clarividente. Le llegó aquella mañana al despertar sobresaltado por la palpitación vigente de haber vivido una extensión de la realidad en un sueño aciago. Soñó con su padre. Desde su muerte, Miguel no había soñado con él a pesar de haberlo deseado. Esta vez lo vio nítido y sereno con la camisa amarillenta y la corbata mal anudada con la que había sido enterrado. Estaba sentado encima de su nicho, en la planicie del panteón, agitado por un viento helado que movía su cabellera reseca. Apenas sintió la llegada de su hijo, lo miró a través de sus cuencas vacías, y le dijo con una voz clara y terrenal: «ven, te necesito». Al hacerlo, distraídamente sacaba de su cuerpo pequeños gusanos de la muerte, que lo devoraban con paciencia de adentro hacia afuera, sabiendo que tenían la batalla ganada por la fuerza de su propia naturaleza. «No demores» sentenció don Saúl, antes de que Miguel despertará sobresaltado en la ambigüedad de las cinco de la mañana.

Continuará...




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